El deber del dirigente

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Toda organización, pequeña o grande, laica o religiosa, civil o militar, requiere de dirigentes que la lleven a la consecución de sus fines. Sin importar si éstos son alcanzables a corto, mediano o largo plazo, si son lícitos y legítimos o por el contrario ilícitos y criminales, se maneje en forma democrática o autoritaria, los dirigentes de cada organización deben encarnar los principios que la animan para alcanzar los fines de ésta.

Todo dirigente debe procurar que la organización progrese y florezca de la mejor manera posible durante su encargo, y en lo que de él dependa, que también lo siga haciendo en el futuro. Para ello deberá realizar todo de la mejor manera posible, así como seleccionar, capacitar y promover a personas que continúen su labor con éxito sin que se entienda que deba imponerlas (aunque sea costumbre en organizaciones verticales).

Mientras esté en el cargo, deberá revisar los métodos de trabajo de la organización y mejorarlos en lo posible; no debe dar por hecho que lo que se ha hecho por costumbre es lo mejor. Conviene que analice cuanto procedimiento haya, y de ser necesario los mejore. En lo posible deberá asegurarse que cada integrante del equipo dirigente sepa lo que se espera de él y cómo será recompensado si hace buen trabajo o sancionado si no.

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Sin importar el camino o el medio por el que cada dirigente llega a ocupar la posición, sea por métodos democráticos o de designación, si el dirigente no hace suyos principios y fines de la organización, le estará causando daño a ésta e incluso traicionándola. También le causará daño si se dedica a colocar incondicionales que no sean capaces para que ocupen cargos tanto dentro como fuera de la organización, dándole prioridad a sus fines personales sobre los comunes.

Nadie llega a ser dirigente si no tiene una serie de habilidades, pero si éstas no ayudan a los fines de la organización son un lastre. De nada le sirve a una organización el que un dirigente gane a sus adversarios con habilidades retóricas si no es capaz de usar esa capacidad para contribuir a los fines de la misma. Lo mismo sucede cuando el dirigente no tiene claro lo que debe proponer o lo que tiene que hacer, o se ocupa de objetivos personales sin pensar en la institución.

Es especialmente delicado cuando por su poca fortuna un dirigente queda en evidencia a causa de sus carencias, de su poca inteligencia o de su falta de ideas ante la organización que comanda en comparación con su antecesor o con quien lo sustituya temporalmente en el cargo. En estos casos lo mejor que puede hacer es encontrar una salida digna que sin dañar a la institución, le permita dejar el cargo con una excusa apropiada.

Renunciar a un alto puesto es difícil sin nobleza en la intención o si le importa más el beneficio personal que el bien común, pero si no va a saber que hacer en la siguientes coyunturas, a la organización más le vale que deje el puesto a quien sí demostró que lo sabe hacer, sin esperar el juicio de la historia. Para entonces puede ser muy tarde.

El mal dirigente requiere abrir sus oídos y su alma para pensar lo qué conviene más a la organización y obrar en consecuencia.


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