El cinco de junio

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El sorprendente éxito de las tan esperadas elecciones del día 5 de junio es la grata confirmación de que México sigue con su transición sociopolítica iniciada hace más de veinte años. Por las noticias internacionales sabemos que otros países, al igual que el nuestro, están en procesos de re-ajustes parecidos. Los casos de España, Argentina, Venezuela y Brasil, por no decir Estados Unidos y el Reino Unido, donde a los ciudadanos se les consultan cambios trascendentes en su vida política y económica, son buenos ejemplos de la época que el mundo vive.

En efecto, el siglo XXI viene marcado con una generalizada inquietud popular por la terca persistencia de los problemas más básicos que aquejan la vida diaria de miles de millones de individuos frente a una clara ineptitud para resolverlos.

El reclamo brota en las calles y plazas,  igual en las ciudades grandes que en las pequeñas. En cada uno de los casos aflora desde muy abajo el fastidio y rechazo de la población al manejo que los políticos y sus partidos han hecho de los intereses populares.

Cabe preguntarse si la culpa no estará en la disfuncionalidad de la relación entre los gobiernos con sus electores.  El caso de México es evidente. La suerte está echada y la urgencia de un cambio diametral en la forma de hacer política se impuso el pasado domingo 5 de junio. El viejo PRI quedó obsoleto. En los estados que tuvieron elecciones se castigó a los políticos que no quisieron responder a las órdenes emitidas por los que les entregaron el poder. Temas como educación, desempleo, salarios raquíticos, venalidad judicial e inseguridad no pueden seguir relegándose en las Cámaras que más dedican su valioso tiempo a aprobar temas inocuos en lugar de legislar con seriedad leyes urgentes como la de anticorrupción.

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Los años que vienen serán cada vez más exigentes para los políticos profesionales que estarán requeridos en favor de las demandas populares. La experiencia acumulada aquí y en muchos lugares señala que las soluciones no están en fórmulas preconcebidas, sino en el sentido común para abordar los problemas que
no esperan.

El 5 de junio se proyectó la oportunidad definitoria para que los flamantes gobernadores tomen las riendas del poder con firme y sincero compromiso social entendiendo que, más que por méritos propios, la razón de su triunfo fue el repudio a la actuación de sus abusivos antecesores. El servicio honrado y efectivo que los nuevos gobernantes comiencen de inmediato a dar a sus  comunidades será el criterio de evaluación.

Los problemas a que se enfrentan los gobernantes son bien conocidos y sencillos como lo son sus soluciones que no requieren de escenarios armados por publicistas. El sacudimiento del día 5 fue drástico para los que creen en la importancia de la actividad política. No todos, empero, están en este caso. Una buena proporción de los que viven de perpetuarse en la política no sintieron que las revolcadas electorales les afectaron. 

¿Estamos viviendo el fin de una época de abusos y violaciones a la democracia o bien el principio de un luminoso capítulo de respeto a los derechos y deberes ciudadanos? El gobernante y el electorado deben decidir. De seguirse  actuando como hasta ahora, se obtendrán los mismos resultados.

La democracia no requiere de más “modelos” ni “paradigmas”. La disfuncionalidad que algunos advierten en la relación gobierno-pueblo anida en la irresponsabilidad que enferma a ambas partes. No hay más receta para nuestros males que un honrado sentido común en los gobernantes y la firme valentía en los ciudadanos para exigirlo.

La mejor actuación de los políticos post día 5 se daría en el terreno de los hechos, cuando su espíritu de servicio supere su obsesión por buscar futuras candidaturas. Si actúan con sencillez y férreo control personal, mismo que exijan a sus cuadros de apoyo, respetando los destinos presupuestales para que los programas se cumplan sin desvíos, podrán tener el nivel de autoridad que les permita mandar y exigir con toda la aprobación de sus conciudadanos. El camino es arduo. Excluye a los que ven en la política sólo fama o enriquecimiento. El político que perdure será el que enfoque y concentre  toda su actuación a servir a los demás. La lección del 5 de junio es clara: el poder está en servir.


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