Echeverría: por qué fracasan los populismos en México

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Por: Carlos Ramírez

A partir del modelo histórico estudiado por Arnaldo Córdova en La ideología de la Revolución Mexicana para caracterizar el régimen político posrevolucionario como populista, el centenario de vida del presidente Luis Echeverría podría hacer una oportunidad para analizar el auge, la caída y las razones intrínsecas de los fracasos de las políticas construidas con el objetivo de llevarle bienestar al pueblo.

El modelo populista se basa en tres características: el control unitario del sistema/régimen/Estado en la figura del liderazgo social del presidente de la república, la preponderancia del Estado como sector productivo nacional y las finanzas públicas para subsidiar el gasto social.

El presidente Echeverría asumió el poder en medio de un saldo contradictorio del modelo de desarrollo mexicano: crecimiento económico promedio anual del 6%, inflación anual promedio de 3% y tipo de cambio fijo, libre y bajo. Se trató del modelo de desarrollo estabilizador: una política económica que giraba en torno a la estabilidad del tipo de cambio y ésta garantizada por una inflación similar a la de Estados Unidos.

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Este saldo económico tenía detrás una agudización de las condiciones sociales de los sectores productivos y de la población baja, porque la meta gubernamental era construir una clase media aspiracionista en ascenso de clase. La pobreza rural y los cinturones marginados de las ciudades configuraron un sector social importante al margen de la riqueza. Hacia ese segmento de la población dirigió su estrategia el presidente Echeverría.

El modelo populista mexicano –puesto en práctica por el presidente Cárdenas– consistió en convertir al Estado en un sector productivo en competencia con el sector empresarial y con la alianza del sector obrero articulado-controlado en el PRI.

Al carecer de ingresos propios, la política económica se financió de una estructura fiscal limitada y del crecimiento del gasto público con emisión constante de circulante. Ahí se localizó el punto central del fracaso de ese modelo populista: la emisión de dinero aumentó el circulante sin correspondencia en aumentos en la producción de bienes y servicios, el déficit presupuestal pasó de 2% a 8%, la inflación rompió la estabilidad macroeconómica y todo impacto en presiones sobre el tipo de cambio.

En lo político, el modelo populista tenía en contra el tiempo sexenal y la expansión del Estado rompió el acuerdo no escrito de economía mixta que implicaba un arreglo de estabilización política en la lucha de clases. El estatismo desordenado retrajo la inversión privada a una zona de atonía que no pudo ser superada por la inversión pública y la confrontación se llevó al terreno ideológico por la política exterior de apoyo a los países progresistas, socialistas y comunistas rompiendo también el acuerdo geopolítico con Estados Unidos.

El punto clave del fracaso del populismo echeverrista fue la política fiscal que no pudo financiar la expansión del gasto y derivó en el círculo perverso de inflación-devaluación. El populismo de López Portillo se sustentó en los ingresos petroleros, pero careció de un modelo de fortalecimiento industrial del Estado y atizó el colapso económico con el financiamiento del gasto público vía deuda externa de corto plazo.

En las dos fases del populismo de los setenta hubo siempre el objetivo central de atender la marginación social y la pobreza y en ambos casos el Estado no pudo construir una política económica equilibrada por la ausencia de ingresos fiscales suficientes y el financiamiento artificial con circulante monetario y deuda colapsó la estabilidad macroeconómica. López Portillo llevó el déficit presupuestal a 14%, una cifra que en su momento se dijo que era sinónimo de colapso económico.

Los populismos de Cárdenas, Echeverría y López Portillo fueron, en los hechos, capitalismos monopolistas o hegemónicos de Estado, pero sin una política que logrará entrelazar los objetivos deseados: bienestar social, expansión productiva del Estado y estabilidad macroeconómica.

El fracaso del populismo condujo, en automático, al auge del neoliberalismo estabilizador salinista, pero a su vez creó las condiciones de una crisis social y de corrupción que prohijó el movimiento pendular de regreso al populismo. Y la cuarta experiencia populista de la 4ª-T deberá aprender las lecciones del pasado o prepararse desde ahora para una crisis de estabilidad macroeconómica.

El punto débil de los populismos es la política fiscal y el punto enfermizo de los capitalismos es la pobreza social.

Política para dummies: la política es economía.

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.

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