Don Luis: júbilo y esperanza

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Se fue Don Luis, después de una larga vida de amor y pasión por México. Se va con la admiración y el respeto de todos.

Este ser humano excepcional entregó su vida a los demás a través de la política, entendida como servicio para construir el bien común. Fue el guía y el motor de una fuerza que transformó a México a través de la democracia. Un demócrata sin adjetivos, en términos de Enrique Krauze, o un “Quijote de la democracia” como el mismo autor lo llamara. Pero Don Luis fue mucho más.

Fue un maestro de lo que es y debe ser la política digna. En una de las presentaciones de su último libro, Don Luis dijo que: “La política no debe ser un ámbito de mezquindad, resentimiento, ni bajas pasiones sino una oportunidad para servir a los demás con convicción y esperanza.” Así lo dijo y así lo hizo en vida.

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Ahora que el aire se llena de tantos y tan merecidos halagos a Don Luis, uno de los mejores y más respetados políticos del siglo XX e inicios del XXI, nos encontramos a un hombre sencillo que ha podido ser nombrado como constructor de la democracia mexicana, ambientalista, defensor de los indígenas, luchador social, modernizador del PAN y sobre todo un mexicano intachable y patriota.

Es imposible referirse a Don Luis sin hacer mención al Partido Acción Nacional. El partido del que fue el candidato a alcalde, a gobernador, a la Presidencia de la República, por el que él fue presidente municipal y senador de la República y donde realizó la propuesta para integrar y presidir la comisión para la paz en Chiapas (Cocopa).

El PAN fue el camino por el que sirvió a México. Aunque en su momento fui a protestar a Los Pinos el fraude electoral de Chihuahua 86, en realidad lo conocí como jefe nacional del PAN. Fue un gran jefe; dio luz con su vida y su pensamiento, promovió a las mujeres, le apostó a los jóvenes, abrió al PAN a otras personas, se divirtió cuando el PRI-gobierno nombró a “los bárbaros del norte”, organizó las marchas de silencio contra la libertad de expresión, apuntaló a los líderes panistas sin competirles —por ejemplo, Maquío o Diego—.

Durante su dirigencia nacional, fue un verdadero líder. De su liderazgo puedo decir —entre otras cosas— que cuidó al PAN como en su dimensión humana significa esa figura del derecho civil: “un buen padre de familia”. Muchas crisis ha pasado el PAN desde entonces, a veces con la derrota y a veces por la victoria. Pero en momentos de oscuridad el hecho de que Don Luis siguiera en el PAN nos recordaba la esperanza con la que había que levantarse todos los días en la política. Que es el PAN al que Don Luis seguía perteneciendo y luchando para que se abriera a los ciudadanos —sus legítimos dueños— y no a los grupos de acarreados.

El día de hoy describo a Don Luis con esas dos palabras: júbilo y esperanza. En la primera lleva el contenido del buen humor, de la sonrisa, del gozo del servicio con ética, de la alegría de la política que se realiza para crear bienes públicos y para liberar a las personas. Y la esperanza es esa virtud que —en términos de Charles Péguy— jala a las otras virtudes para levantarnos todos los días, es la esperanza que despierta en las campañas y en la vida política de hombres y mujeres como él.

Don Luis, el demócrata, el pacífico, el del corazón indígena, el hombre bueno, el buen político, el servidor, el incorruptible, el mexicano comprometido, ordenado y generoso, se fue. Y con él, también se fue el esposo, el padre, el abuelo, el ciudadano ejemplar.

Los últimos días los pasó en León, ahí lo visitamos. Diez días antes de que se fuera me mandó un video a través del celular de su querida nieta, Blanca. Por supuesto que fueron palabras de esperanza relacionadas con su gran amor por México. Para mí, para Felipe mi esposo y para mi familia fue también un amigo, una inspiración, un punto de referencia. Don Luis y su querida Blanca fueron parte de nuestra vida.

ADios Don Luis, lo vamos extrañar, nos deja la difícil tarea de honrarlo con nuestras vidas.

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