¿Democracia mexicana?

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Adolfo Ruiz Cortines decía que el PRI era un traje a la medida del pueblo de México. Más que traje, parece ser una camisa de fuerza.

Hay tantas clases de repúblicas como grados entre el despotismo de donde provienen y la anarquía a donde conducen
Ambrose Bierce,
El diccionario del diablo

Ya se han encargado muchos analistas de señalar los aspectos positivos y negativos del pasado proceso electoral. Yo me inclino más por señalar los segundos. Creo que la tarea más importante es hacerla de aguafiestas, no en el afán de autoflagelarse, sino para detectar nuestras fallas y corregirlas. El propósito de la democracia es, desde sus orígenes, partir de la inconformidad para corregir y seguir aspirando a ese bello ideal.

La mayor falla en nuestro proceso de transición o de consolidación (llámele como usted quiera) es el resultado favorable para el partido en el poder. En 1997, el PRI perdió por primera vez la mayoría en San Lázaro al alcanzar 239 diputados. Ahora, sabedor de que no alcanzaría esa cifra, diseñó una estrategia perversa. Infló y protegió al PVEM y al Panal; solapó sus ilegalidades, les transfirió candidatos, les canalizó recursos y de esta manera el gobierno se alza con una mayoría de 260 diputados. Esto podría pasar a la historia de las democracias como una de las más burdas farsas, pues tiene la certeza el Presidente de la República de la sumisión de estos partidos, sabe cómo convencerlos. Esto no puede ser interpretado como una señal de avance democrático.

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La historia se repite. Francisco I. Madero se preguntaba si el pueblo de México era apto para la democracia. ¿Nos podremos liberar algún día de la cultura política de un partido hegemónico y un “presidente tlatoani”?

Adolfo Ruiz Cortines decía que el PRI era un traje a la medida del pueblo de México. Más que traje, parece ser una camisa de fuerza. Carlos Castillo Peraza lo decía con otras palabras: “El pequeño priista que todos llevamos dentro”. El ejemplo más claro se dio en casi todos los gobernadores y el jefe de Gobierno del Distrito Federal. No resisten la tentación de designar candidatos y apoyarlos con recursos económicos y con toda la estructura del poder, práctica repetida por los presidentes municipales en el afán de dejar sucesores.

 

Hay casos alarmantes. En Coahuila, el estado peor gobernado en los últimos años por dos hermanos que han hundido las finanzas públicas, PRI y PVEM alcanzan 46% de la votación y ganan todos los distritos. En Chihuahua, a pesar de los enormes escándalos de corrupción de su gobernador, obtienen 35% y sólo pierden un distrito. En San Luis Potosí, aun con el pésimo gobierno de Fernando Toranzo, la ciudadanía vota por la continuidad.

 

Me atrevo a afirmar que en ninguna contienda los candidatos lucharon en condiciones de igualdad. Por eso muchas inconformidades terminarán en los tribunales, señal de nuestra democracia fallida. ¿Lograrán todos los involucrados en los procesos electorales futuros poner el suelo verdaderamente parejo para los contendientes?

 

La cultura democrática, o cívica, lo decían Gabriel Almond y Sidney Verba en su libro La cultura política (1964), sigue un ritmo lento y busca un común denominador. El politólogo Harold Lasswell pone el punto sobre las íes cuando habla de la personalidad democrática, la cual debe tener: “1. Un ego abierto, es decir una postura cálida y acogedora en relación con el prójimo. 2. Aptitud para compartir con otros valores comunes. 3. Una orientación plurivalorizada antes que monovalorizada. 4. Fe y confianza en los demás hombres. 5. Relativa ausencia de ansiedad”.

 

En estas cinco características está la clave de la conducta a seguir por gobernantes y gobernados. Es un esfuerzo de largo plazo, pero en el que debemos esmerarnos ante la insatisfacción producida por lo sucedido el 7 de junio.


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