De lealtades y traiciones políticas

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Considero que la lealtad es una virtud clave, pues ser leal implica serlo a todo lo que se cree, se asume, se responsabiliza o se reconoce como obligación indeclinable. Ser leal es pues serlo con todo lo esencial de la vida personal. Algunas lealtades obedecen, como digo, a obligaciones ineludibles, como las de ser padre de familia o ciudadano. Pero otras obedecen a compromisos que libremente se asumen, como son las de incorporarse a un partido político.

¿Y por qué se incorpora alguien a un partido político? Por distintas razones, unas obedecen a la toma de conciencia de que se debe “hacer algo” personalmente por el país, otras por buscar “algo qué hacer” para “ser alguien” socialmente, y al final la razón es verlo como una oportunidad de sacar el mayor provecho personal posible, que es el poder y sobre todo el beneficio material en diversas formas, en especial, claro, en dinero.

Y para subir en los niveles de una organización política el interesado debe dar las mejores muestras de lealtad ante quienes toman las decisiones clave y quienes les darán votos. La lealtad no es al partido, sino a los poderosos dentro del mismo. Y con esa lealtad, que puede ser tan falsa como la sumisión abyecta, la obediencia ciega, ser un “yes-man”, la connivencia, la complicidad y el desempeño de los trabajos sucios para lastimar o desbancar a los competidores del poder. Un falso leal al partido se convierte en parte de un grupo poderoso, en un cómplice implicado en actos que son a veces reprobables (no siempre, claro). Pero para el consumo popular, entre la militancia y la ciudadanía, debe hablar y dar la imagen de ser leal a los principios del partido y de las acciones que de ellos emanen para el bien común.

Una real lealtad al partido implica forzosamente la congruencia. Esa identidad entre lo que se dice creer y la conducta. Y un falso leal a los principios desarrolla en general la habilidad citada de dar una buena imagen de “buena persona”, confiable cuando no lo es.

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Pero cuando un ególatra que ha ido recibiendo beneficios personales a costa de su actividad partidaria, y de su subordinación y complicidad con grupos de poder internos, de pronto ve que esa relación no da más, o quizás da menos de lo que su ambición requiere, estará dispuesto a venderse al mejor postor. Y en cuanto ve la oportunidad, cambiará de camiseta, traicionará al partido en el que militaba. No hará cambio de principios, pues los que decía tener no los tenía, ni tampoco tendrá que convertirse a los principios y acciones de su nueva organización. Simplemente puede reducirlo a dar esa apariencia o ser cómplice del nuevo poder al que se suma.

Pero en muchas ocasiones, el traidor ni siquiera tiene que dar la impresión de haberse convertido a los otros principios del partido al que llega. Bien puede ser invitado y/o aceptado simplemente porque es de utilidad a los poderosos del partido al que llega. Su traición es en realidad un cambio para sus intereses personales y directa a quienes lo encumbraron, por supuesto.

Sin embargo, para el partido al que abandona, que le dio muchos beneficios, posiciones de poder y oportunidades de cargos importantes, que recibió apoyos de la militancia, votos a su favor a cargos internos o externos, y que le dio su confianza, para actuar en representación de los militantes de a pie, su acción es auténtica traición. Y si así le etiquetan, no se equivocan, ni le faltan al respeto, lo definen: traidor.

Por todas estas reflexiones, es muy importante conocer a los miembros “distinguidos” de un partido, no confiar sin evaluar su vida partidaria. De esa manera, se puede ir calificando a los mismos como confiables, de poca confianza, dudosa, o realmente no confiables. En general, salvo para ególatras muy hábiles, es fácil saber, a través del tiempo, si un dirigente o líder dentro del partido es de fiar o no. Si se sigue bien su trayectoria política, y hasta personal en general, y las dudas son razonables de no ser de fiar, la traición no será una sorpresa.

El traidor al partido no lo es de pronto, no pasó de auténtico militante congruente con los principios y doctrina del partido que abandona a otros. Nunca fue auténtico, o fue una persona débil en su identidad doctrinaria, a quien no le costó mucho trabajo traicionar a quienes le dieron su confianza, creyeron en él. Se fue cuando le convino, o fue invitado a tener beneficios en otra parte, en general en organizaciones con doctrinas no sólo diferentes, sino hasta contrarias a las que aparentaba tener.

En resumen. Los traidores no se vuelven tales de pronto, sólo aprovechan oportunidades de beneficio personal al precio que sea, pues éste lo pagan otros, no él, salvo el ensuciar su nombre ante la ciudadanía, cosa que en general les tiene sin cuidado. Por eso hay que ser hábiles para conocer a la gente a la que se encumbra políticamente, y las sorpresas de traición serán menos que cuando inocentemente se dejan progresar a los falsos líderes o “personalidades distinguidas”.

Algo más, cuando aparece el traidor en pleno acto, la militancia y hasta la ciudadanía, tienen todo el derecho a reclamar su trayectoria ascendente partidaria a quienes le dieron ese poder, esos encargos, esas candidaturas. En general también, quienes los encumbraron tenían ante sus ojos motivos para desconfiar de los traidores, pero las ignoraron intencionalmente, les eran útiles. Y como traidores, serán sus enemigos partidarios y personales. Este precio de su error es muy caro.


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