Cuando el entusiasmo se ciega: El caso de El Bronco

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El triunfo electoral de El Bronco, Jaime Rodríguez Calderón para gobernar Nuevo León, fue más producto de rechazo a los partidos que el considerarlo la mejor opción. Estaba en contra del partidismo, y eso fue más que suficiente.

Rodríguez Calderón no tenía una trayectoria de gobierno que lo calificara como un probable buen gobernador. Pero una mayoría votó por él (48%), con gran entusiasmo lo apoyó en su campaña, lo eligió y algunos hicieron algo más: lo propusieron, antes de dar resultado alguno de gobierno, como candidato futuro a presidente de la República en 2018.

Podríamos entender y hasta justificar el que se votara por él en rechazo a los candidatos del PRI y del PAN (los partidos menores no cuentan electoralmente en Nuevo León). Pero que por el solo hecho de haber ganado la gubernatura ya lo candidatearan para “la grande” en 2018, no tiene justificación alguna. Es un caso de ceguera por entusiasmo, ceguera que llegaba hasta el fanatismo en algunos.

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Pensemos nada más: por el solo hecho de ganar una elección local ¿era un buen candidato a presidir este país?

Pero para frustración de El Bronco y desilusión de sus seguidores, esa candidatura ya no se grita. Se acabó la fiesta. ¿Y por qué se acabó? Porque una vez en el gobierno, él mismo descubrió que muchas de sus promesas de campaña eran imposibles, y ha tomado varias decisiones e inacciones en contra, las que han enojado a la ciudadanía neoleonesa, y con justa razón.

En la “vida real” de la política de gobierno, El Bronco no demuestra poder con el encargo, con el mandato de los votos. Y su imagen no sólo está totalmente ajena a Los Pinos, sino muy deteriorada ante sus conciudadanos. Ni siquiera con el apoyo de un excelente político, abogado y empresario que gobernó ya Nuevo León unos meses, don Fernando Elizondo.

Empezó mal El Bronco al poner en cargos clave a personas “de dudosa reputación” o con un aparente conflicto de intereses. Su gabinete desilusionó y hasta enojó a los neoleoneses. Sigue tomando decisiones impopulares, que han llevado a reclamarle no ser el independiente que dijo ser. Lo acusan de priista.

¿Qué debe hacer la ciudadanía? Aprender la lección. Eligieron con suficiente mayoría de votos a un hombre de larga trayectoria priista, bravucón, gritón, que ofrecía las perlas de la Virgen, y que no podía ofrecer garantía alguna de ser capaz de gobernar el Estado. Ni siquiera hablemos de honradez, eso aún está por verse. Lo que hasta ahora ha hecho parece indicar que será un gobernador incapaz, y que efectivamente, en algún momento podría renunciar al cargo (otro de sus compromisos de campaña). Esperemos corrija el rumbo para bien de Nuevo León.

La moraleja que se presentaba por sus críticos serios en campaña sigue vigente: no hay razón para creerle, por sus antecedentes políticos. Quienes ya querían verlo en Los Pinos antes de entrar siquiera al Palacio de Gobierno de Nuevo León, ya lo saben: esto era y es un absurdo, producto de un entusiasmo desbordado que cayó en la ceguera y en un fanatismo efímero.

Lo importante es la lección, que puede verse como tal o ignorarse, que puede ser aprendida o tirada a la basura. No dejarse llevar por emociones desbordadas, menos en la política.


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