Concursos

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Con independencia de la resolución que les den las autoridades, las tragedias en México suelen convertirse en expedientes abiertos permanentemente, bandera para la movilización de opositores y un pasivo para los gobiernos que son incapaces de dar vuelta a la narrativa que los culpa de todo de manera maniquea, sin matices.

Así sucedió el sexenio pasado con los muertos que produjo la guerra contra el crimen organizado: no importaba que fueran resultado del enfrentamiento entre bandas, de operativos para combatirlas o víctimas colaterales de estos choques: para sus detractores, todos los decesos por igual fueron obra del gobierno de Felipe Calderón.

También ocurrió con el incendio en la guardería ABC de Hermosillo, Sonora, del que hubo responsables en los tres niveles de gobierno, pero que generó marchas y movilizaciones en las que se señalaba casi como único culpable a Juan Molinar Horcasitas, quien ya no era director del IMSS cuando ocurrió el siniestro.

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Un fenómeno similar se replica con el caso Ayotzinapa. El pasado lunes, miles de personas marcharon de nueva cuenta por las calles de la capital para exigir justicia.

Para buena parte de estos contingentes, no ha importado que varios de los principales implicados en la desaparición de estudiantes estén presos y sujetos a proceso penal. Tampoco, que la propia autoridad haya tratado de darles la mayor difusión posible a los avances de sus pesquisas. O que reconocidos especialistas de Argentina y Austria se hayan jugado su prestigio a fin de aportar resultados veraces y creíbles. O que incluso se haya ofrecido el acceso a cuarteles militares por delirantes que suenen las versiones de que los estudiantes podrían estar ahí.

Es triste decirlo por los ciudadanos que se manifiestan en legítima solidaridad con el dolor de los padres de los 43 estudiantes desaparecidos la noche del 26 de septiembre de 2014 en Iguala, pero el movimiento en demanda de justicia poco a poco va cayendo en la dinámica de quienes hacen de las manifestaciones un modus vivendi.

No se trata de entablar un diálogo productivo que no sólo garantice que los culpables paguen su deuda con la sociedad y generar las condiciones para que una tragedia así no se repita. Se trata de repetir sin cesar la consigna “Fue el Estado”, y así hasta el infinito, o hasta que el sexenio termine.

Por eso llama la atención que simpatizantes de esta visión (como es el caso de la cuenta de Twitter @Revolucion3_0) promuevan la convocatoria al Primer Concurso MasterPeace México de Fotografía, Cuento y Caricatura “Los 43 Desaparecidos”, publicada en el sitio oficial del Centro de la Imagen —dependiente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta)—, que organiza el concurso en colaboración con la Embajada de Países Bajos en México, el Museo Memoria y Tolerancia y la organización MasterPeace Colombia-Barranquilla (http://centrodelaimagen.conaculta.gob.mx/convocatorias/2015/43.html#).

El cartel publicitario incluye la leyenda “Gana y viaja con tu obra a Colombia”, en alusión al premio al que se hará acreedor el ganador del primer lugar. Sin mucho tacto, el tuit publicado por @Revolucion3_0 (http://revoluciontrespuntocero.com/quienes-somos-2/), que tiene más de 57 mil seguidores, difundió el cartel del concurso con un hashtag y una exclamación: “#EnUnaDeEsas ¡Te vas a Colombia!”

Algunos usuarios de la red social reclamaron, con razón, el tono con el que se promueve esta competencia. Podría pensarse, en el caso de @Revolucion3_0, que quizá se trataba de ironía o sarcasmo. Pero no. Esa cuenta respondió a sus críticos que no pretendía ofender e incluyó la liga de la página donde aparecen las bases del certamen —también patrocinado por la Universidad Iberoamericana y la Fundación Anna Zarnecki—, en el que claramente se aprecian las siglas de la Secretaría de Educación Pública.

El objetivo principal, reza la convocatoria, es “sensibilizar a través del arte a la población mexicana con respecto a la urgencia de promover el respeto de los derechos humanos” y entre los propósitos están “impulsar una mirada crítica en torno del impacto que han tenido en la mentalidad mexicana las recientes desapariciones forzadas de los 43 normalistas de Ayotzinapa” y “contribuir a documentar y articular la memoria colectiva a través de la fotografía, el cuento y la caricatura, con la finalidad de que no se banalice el impacto que ha tenido este acontecimiento a nivel global”.

No está a debate la buena intención que emana de esta convocatoria. Pero, de veras, ¿el Estado está en posición ahora de patrocinar un concurso sobre un caso terrible cuya investigación está aún en curso y que le ha significado, por si no se ha dado cuenta, el mayor de los cuestionamientos políticos que por ahora ha enfrentado?

Y en el lado opuesto, ¿habrá integrantes de la comunidad artística —muchos de ellos notorios activistas contrarios al gobierno— que se tomen en serio una convocatoria del Estado al que acusan de los hechos de Iguala? ¿Podrá más la tentación de ganarse una ida a Colombia?

Parafraseando a un refrán clásico, la cultura y los premios que de ella emanan producen extraños compañeros de viaje.


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