Devotos, elecciones y otros políticos non sanctos: De contado y sin pobreza

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Qué milagroso resulta el paso por la política para algunos. Mientras millones de mexicanos siguen contando centavos para el diario, resulta que en las filas de quienes juraban “primero los pobres” hay quienes han descubierto el secreto de la prosperidad instantánea: llegar al poder y, de repente, el patrimonio se multiplica como pan caliente en feria.

El caso más reciente es el de Laura Itzel Castillo, senadora, expresidenta de la Mesa Directiva y ahora titular de la Secretaría de las Mujeres. Según revelaciones periodísticas, a tres meses de aterrizar en el Senado compró un departamento de 10.9 millones de pesos… al contado. Un año antes ya se había hecho de otro por 2.5 millones, también de un solo jalón. Y no es todo: en seis años su patrimonio pasó de poco menos de tres millones a más de 15.7 millones. Casi se quintuplicó. Todas las propiedades, dicen los registros, pagadas de contado. Ni un crédito, ni un “te debo”, nada de plazos. Dinero fresco y listo.

Pero aquí viene lo sabroso. En su última declaración patrimonial como presidenta del Senado aseguró no tener propiedades ni vehículos. “Ninguno”, escribió. Antes había reportado unas, luego las “olvidó”, después reaparecieron, y de las ventas que declaró no se ve reflejado el ingreso. Omisiones por aquí, inconsistencias por allá. El patrimonio aparece y desaparece como en truco de magia, solo que con millones de por medio.

No se trata de envidiar el éxito ajeno. Si alguien gana bien y administra mejor, enhorabuena. El detalle es el contraste. Se supone que estos políticos venían a acabar con los privilegios, a pelear contra la corrupción y a defender a los de abajo. Pero cuando les toca a ellos, resulta que el “abajo” se convierte en departamentos de varios millones pagados de un solo golpe. Y mientras tanto, las declaraciones patrimoniales se llenan de huecos que darían para una novela de misterio.

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La pregunta que queda flotando no es si pueden comprar lo que quieran con su dinero. Es de dónde sale tanto efectivo de contado cuando los sueldos públicos, por generosos que sean, no alcanzan para juntar casi once millones en un parpadeo. Y por qué las declaraciones patrimoniales parecen hechas a modo: a veces hay bienes, a veces no, a veces se venden y el dinero se esfuma del reporte.

En este país ya estamos acostumbrados a ver cómo el poder cambia de color pero no de costumbres. Antes eran unos, ahora son otros. El discurso de austeridad republicana suena bonito en los mitines, pero cuando se trata del bolsillo propio, muchos descubren que la pobreza era solo un discurso de campaña. Y el contado, una forma de vida.

Al final, el ciudadano de a pie se queda con la misma sensación de siempre: que mientras él pelea por llegar a fin de mes, hay quienes en el poder parecen haber encontrado el atajo para salir de la pobreza… o para nunca haber estado realmente en ella.

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