Órale, el INEGI volvió a soltar la bomba y los mexicanos seguimos viendo pura corrupción por todos lados. Según la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental, más del 84% de la gente percibe que la mordida y el enjuague siguen siendo el pan de cada día. Policías y políticos se llevan el primer lugar en el ranking de los más chuecos. No es novedad, pero duele que después de tanto discurso de “no robar, no mentir y no traicionar”, la percepción no baje como se prometió.
Ahora, en plena efervescencia electoral rumbo al 2027, surge la gran iniciativa: una Comisión de Verificación de Integridad de Candidaturas, que dependerá del INE y servirá para que los partidos consulten si sus aspirantes tienen nexos con el crimen organizado. Suena bien sobre el papel, casi heroico. “Vamos a limpiar las boletas”, dice el gobierno. Pues ojalá.
El detalle es que si la corrupción sigue campando a sus anchas dentro de las instituciones, esta comisión puede terminar siendo puro adorno. ¿De qué sirve checar que fulanito no esté en la nómina del cártel si luego el que llega al cargo se pone cómodo con los moches, los contratos inflados y las “cooperaciones” de siempre? Es como ponerle candado a la puerta de la calle mientras las ventanas siguen abiertas de par en par.
Los ciudadanos no somos pendejos. Sabemos que el cáncer no se cura con un parche. La gente ve gobernadores, alcaldes y hasta legisladores que prometen mano dura y terminan bailando con los mismos que deberían combatir. Y mientras, el ciudadano de a pie sigue pagando la cuota: ya sea en sobornos para un trámite o en miedo cuando pasa por cierta colonia.
No se trata de descalificar la idea de la comisión. Cualquier esfuerzo por frenar a los narco-candidatos es bienvenido. Pero sin una verdadera limpieza interna, sin independencia real de los órganos fiscalizadores y sin castigo ejemplar a los que ya están adentro chupando del presupuesto, todo se quedará en mera foto para la mañanera.
Al final, la corrupción no es solo un problema de “los de antes”. Es un vicio que se adapta al color del partido en turno. Y mientras el pueblo la siga percibiendo tan alta, cualquier comisión, pacto o discurso sonará a puro cuento chino. México merece algo más que buenas intenciones. Merece resultados que se sientan en el bolsillo y en la tranquilidad diaria.































