Quince años han pasado desde que Javier Sicilia, con el corazón hecho pedazos tras el asesinato de su hijo Juan Francisco y otros seis jóvenes en Cuernavaca, gritó “¡Estamos hasta la madre!” y arrancó el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Aquella caravana que recorrió el país desnudando la guerra sucia sigue siendo uno de los pocos momentos en que la sociedad civil le plantó cara al horror sin pedir permiso.
Este 6 de abril de 2026, el poeta y activista regresó al tema con la crudeza que lo caracteriza. “No hay esperanza con Claudia Sheinbaum”, soltó sin rodeos. La considera “una pobre mujer” que, pese a la fama de “señora científica”, no está a la altura del infierno que vive México. Según sus palabras, las cifras no mienten: de los 240 mil muertos y 10 mil desaparecidos que había cuando empezó el movimiento, hoy se habla de más de un millón de fallecidos y un rosario de desaparecidos que no para de crecer, mientras las estadísticas oficiales se maquillan con brocha gorda. Hay más de un millón de desplazados. El Estado, dice Sicilia, no sólo no protege: profundiza la violencia.
Lo más incómodo de su diagnóstico es que no hace excepciones partidistas. Acusa sin distinción a PRI, PAN y Morena de haber perpetuado un “Estado criminal”, incapaz de ofrecer justicia o siquiera reconocer su propia responsabilidad. Los tres colores, según él, han caminado por la misma vereda: impunidad, debilidad institucional y un sistema que se niega a juzgarse a sí mismo. Las propuestas del movimiento —la Ley General de Víctimas, la Comisión de Búsqueda, la justicia transicional— terminaron diluidas, debilitadas o directamente olvidadas.
Uno puede estar o no de acuerdo con el tono duro de Sicilia, pero el dato duele: quince años después, las madres siguen buscando a sus hijos en fosas clandestinas, los padres entierran a sus muchachos y el país sigue contando cadáveres como si fuera lo más normal del mundo. El poeta no ofrece soluciones mágicas ni cae en romanticismos. Solo constata lo evidente: el infierno ha mostrado su peor dimensión y los de arriba, sea quien sea que esté en Palacio, siguen sin entender —o sin querer entender— la magnitud de la tragedia.
Quince años caminando y gritando para que los de a pie no se acostumbren al miedo. Quince años recordándonos que mientras los políticos cambian de partido y de discurso, los muertos y los desaparecidos siguen acumulándose. Y que, al menos según Sicilia, con la actual administración tampoco hay luz al final del túnel.
Ojalá se equivoque. Pero después de tanto tiempo, el escepticismo ya no es pesimismo: es experiencia.































