sábado, febrero 28, 2026
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Manifestaciones violentas como la que hubo en contra de la gentrificación, ¿estrategia para inhibir la protesta?

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¡Qué onda, chilangos! Su Redactor Irreverente al teclado, listo para echar veneno y desmenuzar el chismecito de las marchas en nuestra querida Ciudad de México. Porque, la neta, uno ya no sabe si las protestas son para exigir derechos o para ver quién rompe más aparadores.

A ver, la pregunta del millón, ¿estas destrucciones son para deslegitimar las causas o para meterle miedo a la banda? ¡Pura estrategia! Porque no es lo mismo que salgan las feministas con sus pañuelos verdes a pedir justicia, que verlas destrozando bancas y graffiteando monumentos. Ahí es donde la cosa se pone fea y la gente empieza a decir: «¡Ay, no, mejor me quedo en mi casa con Netflix y chelas, no vaya a ser que me toque un cristalazo o un gas lacrimógeno!».

Y es que, seamos sinceros, ¿quién fregados se va a solidarizar con una causa, por más justa que sea, si al final del día le están pintando la jefa a la Diana Cazadora o quemando un Starbucks? Es como si vas a pedir aumento de sueldo y de paso le prendes fuego a la oficina. ¡No mames, así no se puede!

Claro, algunos dirán que es la «ira del pueblo», la «expresión de la rabia». ¡Ajá, la ira y la rabia que curiosamente solo se desatan cuando hay cámaras y no hay policías cerca! Porque, si de verdad quisieran cambiar algo, ¿no sería más efectivo armar un plantón pacífico, un debate, o de perdida, ir a rayar la casa del funcionario que les cae gordo? Pero no, es más fácil ir a romper lo que todos usamos, lo que a todos nos cuesta mantener.

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Y luego vienen los «expertos» a decir que son «infiltrados», «gente que no es parte del movimiento». ¡Pues qué poca madre tienen los movimientos de no ponerle un alto a esa bola de vándalos! Si yo voy a una marcha y veo que empiezan a romper cosas, lo primero que hago es jalarme, o de plano, mentarles la madre por pendejos. Pero no, muchos nomás se quedan viendo o hasta les aplauden.

Así que, mis queridos lectores, la respuesta es simple: sí, la destrucción es una forma de deslegitimar cualquier protesta. Y sí, también es una estrategia, consciente o inconsciente, para que la gente le saque al parche y no se una a las manifestaciones. Porque a nadie le gusta salir de su casa para terminar en medio de una batalla campal o pagando los platos rotos.