2014: océano proceloso

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Nada nos es ajeno, acaso porque la inercia mundial nos atrapa.

La tesis de la aldea global fue una expresión que acuñó el sociólogo canadiense Marshall McLuhan en 1962, aunque aparece en obras de su autoría en 1962 y 1964; alcanzó popularidad mundial con un libro publicado en 1968: Guerra y paz en la Aldea Global.

Como es sabido, el término fue profético. Se refería a la velocidad que estaban adquiriendo las comunicaciones, particularmente por radio y televisión; ésta última empezaba a hacer transmisiones de continente a continente (por ejemplo, la visita del papa Paulo VI a Nueva York a la sede de la Organización de las Naciones Unidas, en octubre de 1965). De modo que toda la humanidad empezó a transformarse hasta que su estilo de vida se volvería similar al de una aldea. Debido al progreso tecnológico, todos los habitantes del planeta empezaron a conocerse unos a otros y a comunicarse de manera instantánea y directa. El mundo se volvió más cercano y el proceso dio lugar al otro anunciado por McLuhan. Se globalizaron la información, la economía y la cultura. Y también los problemas: desempleo, violencia, inseguridad, pobreza…

Disculpen, amables lectores, este prolongado preámbulo. Pero creo que parte de los aciertos y de los yerros de nuestro querido México se dan en el contexto del mundo globalizado del siglo XXI. Nada nos es ajeno, acaso porque la inercia mundial nos atrapa, a grado tal que por momentos parecemos a punto de perder identidad propia como nación. El efecto es piramidal: lo que ocurre en la aldea global, los forcejos financieros, políticos y hasta culturales entre las grandes potencias, impactan en la aldea rural de cada país, que padece creciente demanda de servicios, déficit educativo y cultural, desempleo, falta de oportunidades, inseguridad, inequidad e injusticia… y hasta desnacionalización.

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Durante todo 2014, la aldea global fue un océano turbulento por el que se abrió paso nuestro querido México. Los vientos tempestuosos del eurodólar, del descenso en los precios del petróleo, de las disputas mafiosas de narcotraficantes en países de Europa, Estados Unidos o Sudamérica; de las guerras; de las relaciones internacionales del crimen; de la estrategia productora de los países miembros de la OPEP, de los mercados del bien y del mal…

Nada nos fue ajeno. Ni siquiera los comprensibles errores humanos en la conducción de una sociedad tan compleja y tan desigual. Ni los ciudadanos ni nuestros gobernantes son dioses.

Hemos de reconocer, para enmendar lo que se deba enmendar, que las expectativas han sido superiores a los resultados logrados. Pero mucho hemos avanzado y seguiremos avanzando como nación. No podemos, no debemos poner en la balanza solamente todo aquello que significó un agravio social. De lo contrario seremos nosotros los que anulemos y convirtamos en frustración lo que todos soñamos: un México justo, de bienestar, de seguridad y oportunidades.

El 2015 se avizora difícil y problemático. Pero en las dificultades, en la adversidad y en los problemas se fortalece el carácter de una sociedad. Rescatemos, de la sabiduría popular de nuestros padres, de nuestros abuelos, de nuestros maestros, principios para salir adelante.

Los muros que aparezcan en tu vida conviértelos en peldaños para subir: si crees que eres pobre, ponle precio a tus manos y te verás afortunado; no todos los caminos están cubiertos de rosas, hay que luchar; fracasar no es caer, es no levantarse; si alguien cojea es que todavía camina; triunfar no es tener siempre la victoria, sino nunca darse por vencido…

Y si atravesamos por un océano proceloso, repitamos aquellos versos, acaso cursis  (hoy gratificantes), de José de Espronceda en La canción del pirata: Navega, velero mío, sin temor; que ni enemigo navío, ni tormenta, ni bonanza, tu rumbo a torcer alcanza ni a sujetar tu valor.


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