XV años de Morena: Austeridad de cartón en Auditorio

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Pues ya llegó el día de los XV de Morena, y no en cualquier lado: en el Auditorio Nacional, ese recinto donde el pueblo llano apenas puede asomarse cuando hay conciertos de esos que cuestan lo que un mes de salario mínimo. Lejos, muy lejos, de la austeridad que tanto pregonaba el fundador cuando andaba de gira con el pecho hinchado y el discurso de “primero los pobres”. Hoy el partido que nació “para no ser como los otros” se da el lujo de festejar en un templo de los espectáculos caros, como si la transformación hubiera incluido un upgrade de escenario.

Llamó la atención la presencia de Andy López Beltrán, el hijo del tabasqueño que se ha convertido en figura recurrente de los eventos y de las polémicas por su estilo de vida. Mientras tanto, los diputados federales brillaron por su ausencia: tenían una votación pendiente en San Lázaro y Ricardo Monreal dejó claro que primero el trabajo legislativo, después el pastel. Al menos alguien priorizó algo que no fuera la selfie del festejo.

Pero lo más jocoso —o lo más revelador, según se mire— es cómo presumen, sin sonrojarse, que son el partido que más recibe de financiamiento público. ¡Órale! Después de años de sermones sobre la pobreza franciscana y el “no robamos”, resulta que el botín de recursos del erario es motivo de orgullo. La austeridad republicana, esa que tanto se usó de bandera, terminó siendo parte del discurso de campaña, no del manual de operaciones una vez en el poder. Como dicen por ahí: del dicho al hecho hay mucho trecho… y un buen chequero de por medio.

Tampoco aparecieron por ahí los alcaldes que cayeron en el Operativo Enjambre. Esos personajes forman parte de la historia reciente del partido, aunque ahora convenga echarlos al cajón del olvido. Porque la memoria selectiva también es una habilidad política bien entrenada: se celebra el origen, se presume el presente y se esconden las manchas del camino.

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Quince años después, Morena sigue siendo el partido dominante, sí, pero el contraste entre el discurso original y la práctica actual es cada vez más evidente. Festejar en grande, con luces y micrófonos, mientras se presume el dinero público y se deja fuera a los incómodos, no es exactamente el legado de humildad que se vendía. Al final, parece que la transformación también incluyó transformarse en lo que criticaban. Y el Auditorio Nacional, testigo de mil conciertos elitistas, ahora también lo es de esta nueva versión de la “austeridad” guinda.

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