La exalcaldesa de Tijuana, Montserrat Caballero, renunció de manera pública y contundente a Morena en un video que ha circulado ampliamente. Con tono de profunda decepción, afirmó: “me separo de un lugar que dejó de ser lo que prometía. Veo con tristeza que ya no es el movimiento que formamos, veo con tristeza que la honestidad dejó de ser un principio”. Agregó un mensaje directo a sus antiguos compañeros: “Los dejo, compañeros, para que celebren entre ustedes, mientras por debajo de la mesa se destruyen, se traicionan y se olvidan del pueblo que juraron servir”. La ahora exmorenista acusó que el partido ya no cumple sus promesas originales y que ha fallado a los bajacalifornianos.
Este anuncio ha abierto un debate inmediato sobre la coherencia interna de Morena. Por un lado, las palabras de Caballero ponen en evidencia posibles fracturas profundas: la supuesta pérdida de honestidad como valor central y la priorización de luchas de poder sobre el servicio ciudadano. Sectores críticos interpretan estas declaraciones como prueba de que el movimiento, nacido con la bandera de la transformación y la lucha contra la corrupción, habría derivado en dinámicas de traición interna que afectan directamente la confianza de la ciudadanía. La imagen de líderes “celebrando mientras se destruyen por debajo de la mesa” genera indignación entre quienes esperaban que el partido mantuviera intactos sus principios fundacionales, especialmente en una entidad como Baja California donde las demandas de los ciudadanos siguen pendientes.
Desde la otra postura, simpatizantes y dirigentes de Morena podrían argumentar que la renuncia responde más a diferencias personales o locales que a una crisis estructural del partido. Algunos defensores señalan que renuncias de este tipo forman parte del dinamismo natural de cualquier organización política y que no reflejan el rumbo general de la institución, la cual, según ellos, sigue enfocada en proyectos de beneficio colectivo. Sin embargo, el hecho de que una exalcaldesa con trayectoria dentro del movimiento haya elegido un video público para detallar su separación invita a cuestionar si estas voces disidentes representan casos aislados o síntomas de un malestar más extendido.
El episodio plantea interrogantes sobre la responsabilidad de los dirigentes partidistas. ¿Cómo es posible que un proyecto político que prometió ser distinto termine acusado de olvidar al pueblo al que juró servir? La renuncia de Caballero no solo expone tensiones internas, sino que obliga a reflexionar sobre la distancia creciente entre las promesas iniciales y la realidad operativa del partido. Analistas observan que este tipo de rupturas públicas erosiona la credibilidad de Morena ante un electorado que, en Baja California, ha depositado expectativas concretas en sus representantes.
En un contexto donde la ciudadanía exige coherencia y resultados, la salida de la exalcaldesa podría convertirse en un punto de inflexión. Las acusaciones de traiciones internas y olvido del pueblo generan legítima indignación, porque cuestionan el corazón mismo de la oferta política de Morena: su compromiso con la honestidad y el servicio real. El caso deja claro que la estabilidad de cualquier movimiento depende de su capacidad para resolver conflictos sin perder de vista a quienes dice representar. La renuncia de Montserrat Caballero no cierra un capítulo; por el contrario, abre un escrutinio incómodo sobre el presente y el futuro de un partido que alguna vez se presentó como la esperanza de cambio.









