Órale, compadre, otra vez las malas noticias nos caen como piedra en el estómago. En el primer bimestre de 2026, el gasto público en inversión física se desplomó un brutal 44.9% anual, el recorte más cabrón que se registra desde que empezaron a llevar las cuentas en 1990. Eso no es cualquier cosa: es el dinero que se destina a obras, carreteras, hospitales, escuelas y todo lo que realmente mueve la aguja de la economía. Ese gasto tiene un efecto multiplicador, o sea, cada peso que se invierte genera más actividad, empleo y consumo. Y ahora lo están cortando de tajo.
El gobierno federal insiste en que todo va bien y que la austeridad es la clave para no endeudarse más. Pero los números no mienten: estamos frenando justo lo que podría jalarnos hacia adelante. Mientras tanto, el consumo privado se modera con cautela y la construcción pública sigue en picada. Es como querer correr un maratón con los zapatos amarrados: posible, pero duele y no avanzas.
Desde la óptica oficial, se prioriza el control del déficit y se promete que después vendrán los grandes planes de inversión mixta con la iniciativa privada. Suena bonito, pero la realidad del primer bimestre pinta otro panorama: menos obra pública significa menos empleos, menos contratos para constructoras y menos dinamismo en regiones que ya de por sí la están pasando mal.
Los críticos, con razón, señalan que este manejo del sector económico parece más enfocado en cuadrar cuentas que en impulsar crecimiento real. Y sí, duele ver cómo se sacrifica la inversión productiva mientras otros rubros se mantienen o crecen. No es para festejar.
Al final del día, la economía mexicana necesita inversión que genere riqueza, no solo discursos. Este recorte histórico no es un detalle técnico: es un freno de mano que todos los mexicanos sentiremos en el bolsillo más temprano que tarde. Ojalá los ajustes de hoy no se conviertan en el lastre de mañana.





















