Pues resulta que la realidad, esa señora tozuda que no se deja convencer ni con discursos ni con mañaneras, volvió a poner los puntos sobre las íes. Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum insiste en que no hay desabasto de medicamentos ni protestas de los trabajadores de la salud, este viernes 9 de octubre las calles de la Ciudad de México y del Estado de México se llenaron de marchas, manifestaciones y bloqueos de personal del IMSS. Como quien dice: el dicho va por un lado y los hechos por el otro.
Los trabajadores no salieron a pasear. Denuncian falta de insumos médicos y medicinas, esa misma escasez que desde el gobierno se minimiza con promedios del 97 por ciento y promesas de que todo se arreglará. Pero en las clínicas y hospitales el personal sigue batallando sin gasas, sin medicamentos y con cargas de trabajo que no dan abasto. Y no es solo el desabasto. También traen entre ceja y ceja el contrato colectivo.
Exigen que se someta de nuevo a votación el incremento salarial para 2026, porque el 2.9 por ciento al sueldo tabular que se aprobó en el Congreso sindical les parece una burla. Quieren que las aportaciones patronales de la cláusula 157, esas que van a las cuentas individuales de las Afores, se metan de lleno al salario tabular. Y de paso, piden derogar el artículo 136 Bis de los estatutos sindicales, esa especie de mordaza que les impide denunciar a gritos la falta de personal, medicamentos e insumos sin miedo a que les caiga una sanción.
Vamos, que no es cualquier reclamito. Es el personal que mantiene a flote el sistema de salud el que está diciendo “hasta aquí”. Bloqueos en Tecámac, Coacalco, Ecatepec, Tlalnepantla, Paseo de la Reforma, Calzada del Hueso y un montón de puntos más. Mientras tanto, desde Palacio Nacional se sigue repitiendo que todo está controlado y que las protestas no existen o son cosa de unos cuantos.
La ironía es de antología. Se presume un sistema de salud en mejora constante, se niega el descontento y se pide confianza. Pero los trabajadores, los que ven de cerca a los pacientes sin remedio y a las camas sin material, salen a la calle a contradecir el relato. Como siempre, la realidad se impone a los discursos bien peinados. Y mientras no se atiendan de fondo el salario digno, el abasto real y la libertad de señalar las carencias, estas movilizaciones seguirán siendo el recordatorio más claro de que no basta con decir que todo va bien.
Al final, los que pagan el precio no son los que hablan desde el podio, sino los derechohabientes y el personal que se desgasta intentando sacar el trabajo con lo que hay. Y eso, por más que se quiera maquillar, no se oculta con buenas intenciones.










