Narcocultura: Kate, Penn y El Chapo

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Desde el punto de vista penal, dudo que el encuentro del actor Sean Penn con Joaquín El Chapo Guzmán y su plática —que no entrevista— vayan a ser mucho más que una anécdota.

No veo tras las rejas a la actriz Kate del Castillo por haber propiciado ese encuentro. Ni siquiera por el plan de hacer una película sobre la vida del capo, que ella, aparentemente, produciría.

Encontrarse con un fugitivo no es delito. Los únicos obligados a dar cuenta de su localización son los funcionarios y ninguno de los dos lo es.

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Incluso en el caso de que se hubiese concretado el proyecto de la película y los actores, productores o directores hubiesen recibido dinero por ello, no habría delito que perseguir, a menos de que la autoridad pudiese demostrar que existió la intención de ocultar el origen del dinero del narcotraficante.

Tampoco me parece que sirva de algo censurar moralmente a Penn y a Del Castillo. Ellos sabrán por qué decidieron encontrarse, hablar de negocios e intimar con un hombre cuya organización es responsable de matar, torturar, secuestrar, desaparecer y envenenar personas para que prospere su negocio ilícito.

La sustancia que yo saco del episodio Penn-Chapo, que ayer mereció la nota principal de varios diarios del mundo —entre ellos The New York Times—, es la fascinación que provocan personajes como Guzmán Loera en la sociedad contemporánea.

Tanta, que un actor que ha merecido dos veces el premio Oscar se interesó por viajar a una parte remota de México —no “jungla”, como publicaron de manera sensacionalista varios medios estadunidenses— para reunirse con El Chapo.

Recuerdo los tiempos en que los personajes de Hollywood buscaban codearse de personas de estatura moral o gente perseguida por sus ideales.

Hoy el modelo que fascina, y no sólo a Hollywood, es quien se enriquece violando la ley, burlándose de la autoridad y matando a quien se oponga a sus fines.

Entiendo que en México hay factores que propician esa fascinación. Vivimos en un país en el que millones de jóvenes no ven con optimismo el futuro. Hoy ni siquiera tener un título universitario es garantía de una vida decorosa. Y el espejismo de irse al “otro lado” ha desaparecido para muchas personas por la difícil situación económica en Estados Unidos.

Eso, además de la cercanía geográfica con el mayor mercado de las drogas y la rampante corrupción e impunidad que vivimos, provoca que haya cientos de miles de jóvenes dispuestos a enlistarse en las filas del crimen organizado.

Antes, los cárteles tenían que pagar muy caro por reclutar. Hoy esos jóvenes llegan solos, dispuestos a probar fortuna en actividades ilícitas a cambio de un pago módico —considerando las ganancias criminales— y terminan siendo carne de cañón.

Pero, ¿a qué se debe el entusiasmo de Sean Penn por adentrarse en el Triángulo Dorado para ir a un encuentro con un jefe criminal fugitivo?

Se trata de un actor muy reconocido, cuya fortuna se calcula (gonetworth.com) en 150 millones de dólares y cuyo hermano Chris, también actor, fallecido hace diez años, tuvo problemas de adicción a las drogas.

¿Fue la travesura de un actor rebelde? ¿O de verdad estamos frente a un fenómeno en el que los usos y costumbres del narco se han metido tanto en la cultura que causan admiración? Parece más bien lo segundo, por la popularidad que han alcanzado las series de televisión dedicadas al tema del narcotráfico.

En varios medios especializados, por ejemplo, se aseguraba que Narcos, la teleserie de Netflix dirigida por el brasileño José Padilha, era una de las favoritas para ganar como Mejor Serie Dramática en los Globos de Oro, lo cual no ocurrió.

Los periodistas sólo podemos informar sobre este fenómeno y buscar la opinión de los expertos para analizar lo que está sucediendo, cuáles son sus orígenes y sus consecuencias.

Sin embargo, si yo fuera funcionario público, estaría sumamente preocupado.

Y me sentiría obligado a responder a las preocupaciones de los ciudadanos que quieren vivir en un Estado de derecho, donde los criminales no sean modelos de conducta.


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