Los mensajes del papa Francisco

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Los mensajes que el papa Francisco dejó en ésta, su prolífica semana, fueron reflexiones que compartidas con el pueblo cubano, o los legisladores norteamericanos y también cuando asistió a la Asamblea General de Naciones Unidas conmovieron profundamente a sus auditorios igual que a los demás del mundo. Para los países más poderosos de la Tierra Francisco tuvo palabras de reconocimiento por lo que han logrado a lo largo de los siglos en términos de progresos mate-riales, tecnológicos y culturales.

Pero también señaló las dramáticas desviaciones en que caen cuando dejan a un lado sus compromiso con los deberes que impone la  convivencia y la dignidad o con los derechos que asisten a la Tierra que habitamos y de la que formamos parte y que, por lo mismo, estamos obligados a cuidar.

El planeta que habitamos, “nuestra casa común”, es parte integral de la naturaleza que no nos ha sido dada para que abusemos de ella. Nuestra actividad ha de armonizarse en un magnífico concierto donde la sociedad dirige inteligentemente los recursos de los que ella dispone para a su vez promover el bienestar y la dignidad de todos sin exclusión.

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La sociedad falla gravemente cuando los programas oficiales no son sino disfraces de intereses personales, de ambición o de poder. Ahí los hombres, mujeres, niños y ancianos no son sino números y estadísticas, materia de frases huecas. Cuando esto sucede se da espacio para los abusos más perversos donde medran los negocios de narcóticos, el tráfico de personas y la esclavitud. 

Tampoco tienen freno los abusos contra la naturaleza por razones de simple ganancia monetaria sin importar la depredación y ruina del planeta que habitamos.

El remedio se encuentra en una toma de conciencia de la responsabilidad que a absolutamente todos corresponde de cuidar los bienes que la naturaleza nos encomienda. Hay que servir a la sociedad en lugar de servirnos de ella.

En otros asuntos de intensa controversia actual, ante las dos cámaras del Congreso norteamericano Francisco prohibió enfáticamente la pena de muerte haciendo una firme defensa a respetar la vida humana en todas sus etapas. Pidió asegurar el derecho de todos por obtener los medios para sostener una existencia digna y para ello los beneficios de la educación dentro de un ambiente de justicia que asegure la realización de cada meta personal.

Sin lo anterior no puede alcanzarse el reino de la justicia, que es, según el antiguo aforismo del derecho romano, “la voluntad constante y perpetua de dar a cada quien lo suyo”. El tema se  extiende a la familia y los valores éticos como la solidaridad, que en ella se originan. En ella se aprende a conciliar y a consecuentar. La familia sin embargo, dijo el Papa, está siendo atacada desde adentro y desde fuera, y precisa defenderla por ser el núcleo primario y la base de la sociedad.

El mensaje de paz y justicia es especialmente aplicable  a las grandes ciudades en donde quedan silenciados los rostros sin derechos, los sin techo, los ancianos solos sumidos en sordo anonimato.  A pesar de ello, Dios está presente y vive con nosotros en nuestras ciudades, lo que deben entender los gobernantes.

Estas y muchas otras reflexiones surgieron en los discursos papales, la mayoría pronunciados en español, durante su visita en este continente.

Un Pontífice latinoamericano es especialmente significativo para México, donde un alto porcentaje somos católicos. La presencia de la Virgen de Guadalupe en el altar en el Madison Square Garden, donde celebró Misa el viernes por la tarde, subrayaba la enorme población hispana en Estados Unidos.

Los mensajes del papa Francisco son oportunos para nosotros que vivimos rodeados de violencias y desconcierto social. Los medios a diario difunden noticias donde la corrupción se asoma en casi todos los rincones de la actividad cotidiana revelando el lucro sin límite que produce. 

El mensaje más revelador que dejó el Papa para los críticos momentos que vive el mundo es que el verdadero desarrollo tiene que ser incluyente y se logra a través de la entrega sincera y a un espíritu de servicio porque sólo así se llega a la verdadera unidad que es la paz.


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