Las alianzas

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El PAN ha logrado gubernaturas con 20 panistas de larga militancia y cinco en alianza con otros partidos postulando expriistas. Es difícil sacudirse la cultura del viejo sistema.

Nunca se trata de la lucha entre el bien y el mal, se trata de lo preferible contra lo detestable.
Raymond Aron

Estoy de acuerdo con Ricardo Anaya y Agustín Basave respecto a las alianzas. La política es un eterno conflicto entre ética y eficacia. Difícil preservar el equilibrio, o no se toman decisiones por miedo a violar un principio y con la actitud pasiva se provoca un desastre mayor, o en el afán de obtener resultados inmediatos se hacen concesiones que terminan por desdibujar la identidad.

Es prioritario frenar el retorno del autoritarismo y del partido hegemónico. A pesar del rechazo ciudadano al gobierno actual, su estrategia electoral sin ética ha funcionado.

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Ahora bien, aun coincidiendo con los dirigentes del PAN y del PRD, me parece que se han cometido algunos errores.

Debieron haberse acordado algunos principios rectores en los cuales no se podría ceder. Por el contrario, prevaleció un criterio utilitarista y se descuidó lo fundamental: el análisis casuístico en cada estado para determinar la alianza en sus circunstancias específicas. Al parecer fue un reparto ponderando únicamente quién podría ganar. Operó el principio do ut des (doy y das): Zacatecas (PRD) se negoció por Durango (PAN); Veracruz (PAN) por Oaxaca (PRD); Puebla (PAN) por Tlaxcala (PRD); Hidalgo (PRD) por Tamaulipas (PAN).

Se logró la alianza en Veracruz y Oaxaca, en Durango y Zacatecas. En Tlaxcala, la mejor posicionada en las encuestas y candidata a la gubernatura hace seis años es Adriana Dávila. ¿Se vale que un partido le pida a uno de sus militantes que decline a una aspiración legítima por negociaciones en las cúpulas partidistas? Ésta es una forma denigrante e ignominiosa de hacer política, es un atentado a la dignidad de la persona. El PRI la inició hace muchos años, pero ahora le llama, eufemísticamente “Acuerdo de Unidad”, lo cual implica que quienes lo suscriben se disciplinarán sin objeciones a la consigna. La senadora Dávila, ejerciendo sus derechos, se opuso e impidió la alianza en su estado, lo cual repercutió en Puebla.

En Hidalgo, el PRD propuso dos posibles candidatos: José Guadarrama o Isidro Pedraza. Si con alguno de ellos se lograra la derrota del PRI, “antes de que cante el gallo”, los hidalguenses añorarían al PRI. Por eso los panistas hidalguenses, considerándolos no idóneos, se opusieron a esta alianza y no se concretó la de Tamaulipas.

Se afirma que en gobiernos de alianza se puede gobernar mejor. Sin embargo, la experiencia muestra que un gabinete con personalidades e ideologías encontradas o con intereses partidistas impide la armonización de un buen gobierno.

El PAN ha logrado gubernaturas con 20 panistas de larga militancia y cinco en alianza con otros partidos postulando expriistas. Es difícil sacudirse la cultura del viejo sistema. Los expriistas que han arribado al poder de esa manera no logran asimilar, ni les interesa, la doctrina panista y desarrollan los dos síndromes señalados por Carlos Castillo Peraza: el de Adán (son el primer hombre y no hay nada antes de ellos) y el de Robinson Crusoe (se sienten dueños de una isla y todo el que se les acerque debe hacerlo en condición de “Viernes”, de esclavo).

Al PAN le va mal cuando se aleja de sus principios. En Colima, Gustavo Madero impuso a Jorge Luis Preciado, quien dividió al partido. El PAN no debió haberlo postulado y muchos menos haberlo ratificado para la elección extraordinaria. Había otros militantes con más méritos. Al dividirse, el PAN perdió.

Tenemos que aprender de las próximas elecciones como laboratorio para 2018. El pensamiento de Efraín González Luna sigue siendo vigente: que no nos obnubile la neurosis de la escaramuza electoral. Recuperemos la confianza para los partidos políticos.


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