Habilidad política mexicana

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Si la política se midiera solamente por una cualidad individual, carecería totalmente de eficacia.

Si el fin de la política (…) fuera realmente el poder por el poder, la política no serviría para nada.

                Norberto Bobbio

México está mal gobernado, trátese de los tres Poderes, de los distintos órdenes de gobierno o de los partidos políticos; hay una mal entendida habilidad política. Para los mexicanos, es un hábil político quien se sale con la suya, sin importar cómo ni para qué. En los distintos estados se oye con frecuencia: “Aquí no se mueve ni la hoja de un árbol sin el consentimiento del gobernador”; es decir, manda en los tres Poderes, todos los partidos comen de su mano, designa a los candidatos sin importar las siglas y posteriormente decide quién gana. Ningún medio se atreve a criticarlo y todos sus funcionarios se someten servilmente a sus órdenes. Desafortunadamente, esta situación es reconocida con admiración como “habilidad política”.

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En plena campaña se está dando un patético espectáculo de megalomanía política. Bien nos podríamos ahorrar el inmenso gasto de las campañas, así como la organización de elecciones y simplemente orientarnos por las encuestas. Hay un grave retroceso político en el PRI cuando su dirigente reúne a los candidatos de cada estado quienes, pacientemente, esperan la llamada del Presidente de la República para señalar al ungido para el cargo. Los perdedores abrazan al ganador, le ofrecen su apoyo, y el partido, en unidad monolítica, va por el triunfo. En otras palabras, es la restauración del sobre lacrado, aunque en otras épocas había cuando menos el prurito de tomar en cuenta a quien se aproximaba a los requisitos de un buen servidor público. Hoy se postula a aquellos con cierta “habilidad política”. Lo que haga o cuanto gaste no es problema, lo importante es que gane.

El dirigente nacional panista dice: “Nuestro partido es horizontal, es abierto y democrático”. Ésas son, hoy, grandes mentiras. Nunca el PAN ha sido más vertical, al estar dominados sus órganos por la consigna e integrados por gente descalificada y muchas veces ajena al PAN; nunca ha estado más cerrado (el caso de Margarita es emblemático, pero no el único) y menos democrático, pues vive el mayor alejamiento de su doctrina. Estas prácticas se repiten en estados y municipios. Ante todo esto, hay quienes le reconocen a Madero esa “habilidad política”.

Los grupos que se denominan de izquierda nunca han estado más desdibujados por la deshonestidad y el oportunismo, pero no dejan de soñar que, con “habilidad política”, habrán de superar su crisis.

Otros lo han dicho: “Ser bueno no significa ser débil ni ser virtuoso, significa ser inocente”. La habilidad política debe interpretarse como las cualidades —la historia lo confirma— de un líder para aglutinar voluntades y alcanzar los fines de la polis, o sea, el bien común. Si la política se midiera solamente por una cualidad individual, carecería totalmente de eficacia. Si hubiera prevalecido esa interpretación, estaríamos aún en la edad de las cavernas.

Hay una página brillante en la literatura universal que nos aclara el tema a discusión. Chateaubriand, en su libro Memorias de ultratumba, denominado así pues pidió que se publicara después de su muerte, contiene una entrevista a George Washington siendo Presidente de Estados Unidos. El autor descubre a un hombre parco, sobrio, sin grandes esmeros por ser líder, pero con un enorme espíritu para asumir deberes. Por ello lo compara con Napoleón a quien el gran escritor había tratado en Francia. Escribe párrafos de gran enseñanza y vigencia, pero su conclusión es contundente: “La República de Washington subsiste; el Imperio de Bonaparte es destruido. Washington y Bonaparte salieron del seno de la democracia: nacidos ambos de la libertad, el primero le fue fiel, el segundo la traicionó”.

La política es deber y pasión, no ejercicio arbitrario del poder. Proclamemos esta primigenia verdad en el año de Morelos.


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