Guadalupanismo

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Ayer fue día de la Virgen de Guadalupe. Resulta fascinante, en estos tiempos de polarización, presenciar un culto que genera consenso, una fe que une a la gran mayoría de los mexicanos. Algo hay de cierto en aquello de que en México hasta los ateos son guadalupanos. Recuerdo una ocasión en que fui a visitar al maestro Edmundo O’Gorman a su casa de San Ángel, en Ciudad de México, y lo encontré muy contrariado. Sentado en el sillón de su biblioteca, hojeando el libro Quetzalcóatl y Guadalupe de Jacques Lafaye, que acababa de publicarse, me preguntó con un gesto de disgusto si ya lo había leído. Le respondí que no y le pregunté qué le molestaba. “En primer lugar”, me dijo, “se refiere a Nuestra Señora del Tepeyac como ‘Guadalupe’; ¡eso es una falta de respeto!” No pude contener una sonrisa de sorpresa. El historiador escéptico, incrédulo, se sentía ofendido porque otro académico osaba aludir así a nuestro símbolo nacional.

Y es que la Guadalupana es parte de nuestra historia. Ella fue, aún antes de que Hidalgo tomara su estandarte para iniciar la Independencia, clave en el afán subversivo. Lo relaté hace años: “El principal artífice de esta teoría fue el fraile regiomontano Servando Teresa de Mier (…) Según él, Quetzalcóatl, la deidad venerada por varios pueblos prehispánicos, fue en realidad el nombre que los indios le dieron a Santo Tomás, el apóstol de Cristo que en el siglo I había venido a las costas de Veracruz a enseñar el evangelio. Fue a él a quien se le apareció por primera vez la Virgen de Guadalupe, y fue en su tilma donde se grabó su imagen (…) Nuestra Señora de Guadalupe fue venerada desde entonces por los indígenas en el Cerro del Tepeyac, donde se apareció por primera vez, bajo el nombre de Tonantzin. Pero los indios cometieron una apostasía y Santo Tomás decidió irse, no sin antes esconder la imagen. Muchos siglos después la Virgen se le apareció (a) Juan Diego y le dijo donde estaba la tilma (…) En el ocaso de la Colonia, refutar la idea de que se le debía la revelación de la palabra de Cristo a la España conquistadora equivalía a deslegitimar el Imperio” (El nacionalismo, Nostra, 2007, pp. 30-31).

Esa peculiar elaboración de Fray Servando no fundamenta la devoción pero sí explica el respeto que se le tiene a la Guadalupana en nuestro México jacobino. ¿Quién puede cuestionarla como fuente de cohesión social, como inspiración de una entereza que ha salvado del derrumbe a millones de familias? Por lo demás, un simbolismo que une más de lo que divide, que suscita más amor que odio, no es un dato menor en esta era de la ira. Hay mexicanos de otras religiones que descreen de ella, por supuesto, y están en todo su derecho, pero reitero lo que he dicho antes: quienes quieren que nuestra historia pruebe su existencia, no se dan cuenta de que es su existencia la que en buena medida prueba nuestra historia. En fin. Yo, a mucha honra, comparto esta fe. Convencido como estoy de que quien no puede creer no puede crear, tengo siempre presente que México necesita recrearse.

PD. Increíble: critican a Luis Donaldo Colosio Riojas por su notoriedad. Quienes quisieron olvidar lo que le hicieron al padre reclaman al hijo estar donde nunca deseó estar y tener lo que nunca pidió tener. Que con su ignominia se coman su decadencia.

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