martes, enero 27, 2026
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EE. UU. desmantela su propio orden global: Eurasia Group

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El panorama geopolítico de 2026 se define por una paradoja sin precedentes: Estados Unidos, el arquitecto principal del orden internacional vigente, se ha convertido en su principal fuerza disruptora. Según el informe de Eurasia Group, el riesgo central ya no reside en conflictos externos con potencias rivales, sino en una transformación política interna en Washington que irradia inestabilidad hacia el resto del planeta.

El epicentro: La revolución política interna

La mayor fuente de incertidumbre global emana del intento de la administración estadounidense de desmantelar sistemáticamente los contrapesos institucionales. Este proceso, descrito como una «revolución política», busca capturar la maquinaria gubernamental para fines personalistas y de retribución contra adversarios domésticos.

  • Erosión institucional: Se observa una purga de funcionarios de carrera y el debilitamiento de agencias independientes, transformando entidades como el Departamento de Justicia en herramientas de presión política.

  • Impacto en la gobernanza: La sustitución de expertos técnicos por figuras leales al ejecutivo compromete la capacidad del Estado para responder a crisis sanitarias o emergencias nacionales.

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  • Incertidumbre empresarial: La seguridad jurídica se ve desplazada por un modelo donde la alineación política determina el éxito económico, favoreciendo a empresas aliadas con subsidios y castigando a críticos con investigaciones selectivas.

El fin de la previsibilidad internacional

La actuación de Estados Unidos en el escenario mundial ha pasado de ser un pilar de estabilidad a una fuente de volatilidad basada en el «humor presidencial». Este giro obliga a las naciones a recalibrar sus alianzas en un entorno donde los compromisos tradicionales son transaccionales y reversibles.

  1. La Doctrina Donroe: Una reinterpretación agresiva de la Doctrina Monroe que utiliza la presión militar y la coerción económica para afirmar la primacía de EE. UU. en el hemisferio occidental. Ejemplos clave incluyen la captura de Nicolás Maduro en Venezuela y la posibilidad de ataques directos contra cárteles en México, lo que tensa las relaciones con socios estratégicos.

  2. Competencia Energética y Tecnológica: Mientras China se consolida como el primer «electro-estado» dominando la infraestructura del siglo XXI (baterías, IA y energías limpias), EE. UU. apuesta por un modelo de «petro-estado» centrado en combustibles fósiles y energía nuclear. Esta divergencia deja a Washington ofreciendo soluciones energéticas del pasado frente a la oferta tecnológica china.

  3. Abandono del Liderazgo Democrático: El retroceso de las normas democráticas en EE. UU. debilita su autoridad moral, envalentonando a regímenes autocráticos y acelerando la fragmentación de bloques como la Unión Europea.

Ganadores y perdedores del nuevo desorden

Este desmantelamiento del orden global genera una redistribución de poder con resultados desiguales:

  • Ganadores: China e India aprovechan el vacío de liderazgo y la imprevisibilidad de Washington para fortalecer su influencia regional y sus modelos económicos.

  • Perdedores: Europa enfrenta un asedio interno por el auge del populismo y una parálisis política, incapaz de llenar el vacío de seguridad dejado por un EE. UU. menos comprometido con la OTAN.

  • Sobrevivientes: Países como México y Canadá, junto con gran parte del Sur Global, se ven forzados a una adaptación pragmática para navegar las tensiones de la «Doctrina Donroe» y las guerras comerciales.

Tensión sistémica y capitalismo de Estado

La administración estadounidense ha adoptado el «capitalismo de estado», interviniendo en los mercados a una escala no vista desde el New Deal. A través de la toma de participaciones accionarias en empresas estratégicas y acuerdos de reparto de ingresos, el gobierno elige ganadores y perdedores de manera discrecional. Esta práctica no solo erosiona el estado de derecho, sino que anula las ventajas estratégicas a largo plazo en favor de intereses comerciales inmediatos, reduciendo la competitividad de EE. UU. frente a modelos autoritarios más coherentes.

En conclusión, el mundo de 2026 no enfrenta un sistema global alternativo liderado por otra potencia, sino la fragmentación del sistema existente provocada por su propio creador. La transición hacia una era post-estadounidense no es un proceso ordenado, sino una serie de «ondas sísmicas» que obligan a cada nación a priorizar su propia supervivencia en un entorno de desconfianza generalizada.

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