Se convirtieron en lo que juraron combatir, pero les falta honestidad -y les sobra malicia- para aceptarlo. Esa hipocresía no atenúa el fenómeno, en todo caso, acentúa el cinismo al que recurren para negar lo evidente, bajo la perniciosa convicción populista de que la verdad es lo que ellos decidan que sea, imponiéndola con su bestial aparato de propaganda. Solo que la evidencia es contundente y terca la realidad: la “hija del 68” está mucho más cerca de Gustavo Díaz Ordaz que de Javier Barros Sierra.
Los videos dicen más que sus palabras, mil veces repetidas. La represión fue brutal y cargaron parejo contra manifestantes pacíficos, sin detenerse con niños y adultos mayores. Los infiltrados violentos, exigua minoría en el mar de gente que tomó las calles, fueron directo a Palacio Nacional para arremeter contra las vallas que, en sí mismas, son una provocación.
Aumentó la densidad política de la emblemática plaza al convertir el palacio virreinal más suntuoso del país en aposento y oficina presidencial. Que lo hayan hecho en nombre de la austeridad franciscana solo confirma la enorme impostura del régimen. Ahí, por cierto, acamparon los estudiantes hace 57 años, mismos que también fueron desalojados.
Quisieron evitar a toda costa la foto del Zócalo lleno y no escatimaron nada para sabotear la manifestación: desacreditándola, infundiendo miedo, haciendo escarnio de supuestos o reales promotores, cerrando todas las calles de acceso (excepto 5 de mayo), lanzando gases lacrimógenos y soltando a los granaderos.
La Presidenta usa el aparato de inteligencia para exhibir a quienes ejercen de manera legítima sus derechos constitucionales, entre ellos a quien esto escribe, pero no para esclarecer el asesinato de Carlos Manzo ni para revelar quiénes son y a qué responden los provocadores infiltrados.
Desde el púlpito presidencial, Díaz Ordaz descalificó al movimiento estudiantil, asegurando que sus hilos eran movidos por la Unión Soviética, a través del Partido Comunista. Claudia Sheinbaum hizo lo mismo, acusando a la “derecha internacional”, en conjunto con la oposición, de estar detrás de la marcha convocada por jóvenes de la Generación Z.
Los estudiantes del 68 demandaban diálogo público. El obradorato está negado a negociar. Frente a la creciente inconformidad, insisten en polarizar. Optaron por el golpismo de la ilegal sobrerrepresentación, obsequiada por autoridades capturadas, para no tener que acordar con la oposición los cambios constitucionales. Así regresó el presidencialismo omnipotente del viejo PRI, sin división de poderes, contrapesos ni mecanismos de rendición de cuentas, con el agravante de la falta de operación política, las formas rupestres, la militarización exacerbada, la colusión con el crimen y el maximato del Palenque.
Como si presenciáramos una comedia fársica, la mandataria y su partido se asumen cadeneros de una marcha que protesta contra ellos. Sin ruborizarse, señalan a opositores como si no los hubiéramos visto marchar por Ayotzinapa.
En las marchas del CEU, donde coincidí con Sheinbaum, nos acompañaron infinidad de personas y grupos. Ahora resulta que los adultos no pueden solidarizarse con los jóvenes. El escritor Xavier Velasco recordaba como las plumas del priato cuestionaban a José Revueltas, entonces viejo espartaquista, por acompañar las manifestaciones del CNH.
Díaz Ordaz usó al Ejército en labores de seguridad pública. Ellos dieron el bazucazo a la Prepa Uno, tomaron el Casco de Santo Tomás y CU, desalojaron el Zócalo y entraron a la Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre. En su Plan C, López Obrador dejó las instrucciones para entregarles la Guardia Nacional y dejar la puerta abierta para que realicen labores de policía cuando se requiera. Y eso sucedió.
Quienes se dicen herederos de aquella rebelión estudiantil, militarizaron el país como nunca, desde 1946. El chiste se cuenta solo… por si quieren reírse los presos políticos que todavía viven y fueron torturados en el Campo Militar número 1.
El rector Barros Sierra le dijo a Gastón García Cantú que Díaz Ordaz no quería a los universitarios porque se atrevieron a discrepar. Es evidente que el obradorato comparte esa fobia diazordacista.






































