miércoles, septiembre 9, 2026
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Devotos, elecciones y otros políticos non sanctos: Sencillez de oídas

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En su segundo informe, la presidenta Claudia Sheinbaum abrió con un llamado que sonó noble: los servidores públicos deben comportarse con sencillez y humildad, lejos de las excentricidades, los lujos y los gastos innecesarios. “Los recursos públicos son del pueblo”, repitió, y advirtió que la Cuarta Transformación no puede volver a los privilegios de antes. Bonito discurso. Lástima que algunos de sus correligionarios parecen haber escuchado otra cosa, o de plano no tienen el diccionario a la mano.

Porque mientras la presidenta hablaba de austeridad republicana, en las redes sociales y en las declaraciones patrimoniales sigue apareciendo el desfile de lo contrario: viajes al extranjero en hoteles de alto nivel, ropa de marca, joyería que brilla más que la cuenta pública, vehículos que cuestan lo que un trabajador promedio no junta en años y propiedades inmobiliarias que crecen como si el salario del erario viniera con intereses compuestos. Algunos hasta presumían antes de que les cayera el recordatorio. Ahora el mensaje se reitera, pero da la impresión de que a varios se les atascó en el oído.

No se trata de exigir que vivan como monjes. El problema es el contraste. Se predica la justa medianía y se exhibe lo contrario. Se habla de “primero los pobres” y luego aparecen las fotos de vacaciones en destinos lejanos, las bolsas de diseñador o las casas que no cuadran del todo con lo declarado. Y cuando alguien señala la inconsistencia, la respuesta suele ser la misma: “Fue con mi dinero”. Está bien, pero entonces ¿para qué el discurso de sencillez? Si el dinero es propio, ¿por qué tanto afán de ostentarlo mientras se pide al pueblo que apriete el cinturón?

Tal vez la presidenta debió empezar su informe con una definición clara. Sencillez no es solo no comprar aviones de lujo para el gobierno. También es no lucir lo que el común de la gente no puede ni soñar. Humildad no es una frase para el atril; es no convertir el cargo en escaparate de estatus. Porque si los que mandan no entienden la palabra, el mensaje se queda en puro aire.

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La 4T prometió acabar con los privilegios. Está bien recordarlos. Pero mientras algunos sigan presumiendo lo que tienen —o lo que dicen haber ganado legítimamente— el llamado a la sencillez sonará más a receta para los demás que a compromiso propio. Y el pueblo, que no es tonto, ya se dio cuenta.

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