Vaya, vaya. Resulta que pagar sillas y toldos para las asambleas de Morena no es repartir dinero, sino una “inversión”. Así lo soltó Ariadna Montiel, la presidenta nacional del partido, con esa cara de “yo no fui” que ya es marca registrada en la clase política. Según ella, se trata de proteger a la gente del calorón, de ponerles un techo y un asiento mientras les explican lo “malo” que es Estados Unidos por revocarle la visa a Andrés Manuel López Beltrán, el hijo del expresidente. Pobrecitos los asistentes, hay que cuidarlos… con el billete que sale de los impuestos de todos los mexicanos, no del bolsillo de ningún político morenista.
El partido organizó unas 200 asambleas por todo el país para “informar” sobre la injerencia yanqui. ¡Qué coincidencia! Justo cuando el tema de la visa de Andy se pone caliente, aparece la maquinaria partidista con carpas, sillas, sonido y todo el show. Y claro, como el dinero del partido viene del erario (ese que nos quitan a los de a pie cada quincena), resulta que invertir en logística política es de lo más noble. ¿Quién necesita transparencia cuando se puede llamar “inversión” a gastar lo que no es de uno?
Montiel se defiende: “Nosotros pagamos las sillas, los toldos… está el calorón, hay que poner, pobre gente”. Qué detalle tan humanitario. Solo que “nosotros” en este caso no son los dirigentes sacando de su cartera, sino el presupuesto público que alimenta a Morena. Así cualquiera invierte: con la tarjeta ajena y el discurso de siempre. Mientras tanto, el ciudadano de a pie sigue sudando en el transporte, pagando gasolina cara y escuchando que hay que defender la soberanía… desde una silla rentada con sus impuestos.
No se trata de negar que los partidos tengan derecho a organizarse. El problema es el cinismo de presentar el gasto partidista como una obra de caridad climática. Si de verdad fuera inversión en la gente, quizás se notaría en hospitales, escuelas o calles sin baches, y no en toldos para arengar contra el vecino del norte. Pero bueno, en la política mexicana ya aprendimos que las palabras se estiran más que el chicle: lo que ayer era “reparto” hoy es “inversión”, y lo que siempre fue dinero del pueblo se convierte en gasto “necesario” para salvar la patria.
Al final, la cuenta la pagamos todos. Y mientras los dirigentes se acomodan bajo el toldo, el calorón de verdad lo siente el que pone el billete. Así cualquiera defiende la soberanía: sentado y con aire acondicionado de carpa.













