Crisis mexicana

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Nos hemos engolosinado modificando leyes, publicitando reformas estructurales para seguir incurriendo en la patología más grave del Estado mexicano: su brutal y abismal incongruencia entre lo que la ley dice y lo que en la realidad acontece.

Algo se está quebrando en todas partes.
José Emilio Pacheco.

¿De dónde vendrá el remedio para México? Parte esta interrogante del supuesto de una profunda crisis en el país: hay en la sociedad un deteriorado grado de credibilidad y de confianza, el sistema político no genera estabilidad y la nuestra no es una democracia sana. Basta asomarse a los procesos electorales en curso para confirmar nuestra precaria cultura y la mediocridad y mezquindad de nuestra clase política. Por lo tanto, de aquí a 2018 la preocupación central es quién encabezará nuestra regeneración ética y política.

Enrique Krauze, con su ensayo Desaliento en México (Letras Libres), y Héctor Aguilar Camín, con su Nocturno de la democracia mexicana (Nexos), ofrecen una descripción descarnada del momento que vivimos.

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El siguiente punto es la búsqueda de la solución, lo cual va ligado al análisis de quienes son factores de decisión.

Es inútil esperar algo del actual gobierno. El problema de Enrique Peña Nieto es cultural. Logró ser Presidente, pero no tiene ideas que motiven al pueblo de México a una acción concertada. Nada podemos esperar de él porque ya no tiene nada que dar.

La clase política y los partidos están empecinados en una batalla por el poder en la cual ya no se identifican las propuestas de cada quien. Únicamente queda clara una lucha sin reglas y sin árbitros para obtener triunfos electorales.

El empresariado podría tener un papel más activo. Sin embargo, se refugia en sus intereses y concibe la política como algo ajeno en lo que no debe inmiscuirse.

Se percibe en algunas comunidades brotes aislados que difícilmente repercuten a nivel nacional. La provincia ha sido origen de muchos cambios, pero hoy en día se esmeran más en proteger su entorno ante la inseguridad y la violencia.

Desgraciadamente, las soluciones nos están viniendo del exterior. Desde el ataque al crimen organizado con tecnologías aportadas por nuestro vecino, desarrollo económico impulsado también por Norteamérica y muchos organismos internacionales promoviendo transparencia, rendición de cuentas, respeto a los derechos humanos y acciones en contra de la corrupción. Quizá por ello el reconocimiento de la secretaria de Relaciones Exteriores sobre la obsolescencia del principio de no intervención. ¿Serán suficientes las acciones externas sin un liderazgo nacional?

La sociedad civil y los organismos no gubernamentales están haciendo un esfuerzo digno de ser aplaudido. Debemos estimularlo, pero, para nuestro infortunio, no parece ser suficiente.

La pregunta subsiste: ¿cómo fortalecer el Estado de derecho, requisito inicial para consolidar nuestra democracia? ¿Cómo evitar el riesgo de una involución ante añoranzas por el autoritarismo del pasado, consecuencia de una democracia pervertida?

La corrupción es la prioridad en la agenda de aquí al 2018. Como bien lo señala Francis Fukuyama, “es el tema que definirá el siglo XXI”.

Nos hemos engolosinado modificando leyes, publicitando reformas estructurales para seguir incurriendo en la patología más grave del Estado mexicano: su brutal y abismal incongruencia entre lo que la ley dice y lo que en la realidad acontece. Las normas jurídicas no son mejores si muchas personas las elaboran. La historia da cuenta de lo contrario. Es el talento y la integridad ética de grandes juristas, cuyo trabajo individual ha ido perfeccionando las instituciones, lo que ha permitido mejorar el bienestar de los pueblos.

El desafío es enorme y no hay en el escenario quien tome la iniciativa con seriedad. El tiempo se agota y no hay nada más grave que el reclamo de las próximas generaciones a quienes hoy no supieron cumplir su deber.


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