Crimen y rescate

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Cometer un crimen tiene consecuencias no sólo para la víctima, sino también para el malhechor. La ola de crímenes que a diario aparecen en las primeras planas de nuestros periódicos llenando los noticiarios, tanto los de México como de otros países, es ya dieta constante. No nos imaginamos una edición en la que no figuren sus truculentas notas. Muchos nos preguntamos a qué resortes responden.

Las explicaciones, como la de la pobreza extrema o la del abandono del poder público, no convencen. Más cerca de la realidad está el abandono de la familia, cuando ella existe, aunada a la vitalidad de las redes de comunicación y de reclutamiento que operan desde las cárceles.

Hay algo, empero que falta para entender por qué han de sucederse uno tras otro los homicidios, los secuestros, las impensables torturas, la sevicia hacia las víctimas. Un ambiente de descomposición social envuelve dicho fenómeno, el ánimo que se ha adueñado de la comunidad mexicana que parece darle justificación: la convicción de que nada hay respetable, nada que merezca atención, que todo se mide con el mismo rasero monetario, lo que priva de consecuencias a todos los actos, desde los peores imaginables hasta los de más sublime sacrificio, ninguno engendra responsabilidad ni en la comunidad ni tampoco en el interior del individuo. La completa indiferencia subyace en los actos del criminal que, encerrado en su cápsula, no advierte ni siente culpabilidades. El castigo que la sociedad le imponga le es extraño a su psiquis. Nada le enseña. Sin antecedentes personales que le conecten con la realidad, cuyas reglas sólo otros ven y obedecen.

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Lo anterior sirve para evaluar cualquier acción depuradora que la sociedad quiera emprender. Hay que encontrar, pues, el puente entre el criminal amoral y el daño que hace a los demás y a la sociedad en que, a su pesar, está inmerso. Si se logra construir esta relación con la culpabilidad remediable, habrá posibilidad de insertar en su mentalidad el deseo de integración social. Hasta ahora no hemos podido empezar siquiera a resolver la extendida criminalidad que agobia a casi todo el país ni hacer que los reclusorios dejen de ser las tenebrosas universidades del mal. Se necesitan nuevas estrategias.

El camino es largo. Comienza por que el individuo se dé cuenta del daño que se ha hecho a sí mismo consistente en la degradación de su estima y de su dignidad que explica el mal que ha practicado. Esta calificación de sí mismo, sin trabas ni escrúpulos, es la que da paso a su liberación hacia una nueva dimensión personal positiva. No hay, sin embargo, indicios que los gobiernos intenten, más que por la vía penal, el rescate de sus miembros marginados que, por definición, están impedidos para emprender su propio rescate. La incorporación del individuo a la sociedad es tarea que ambos tienen que compartir.

Es útil, si no francamente necesario, según lo reconocen autoridades en otros países, buscar caminos para corregir la actitud y el comportamiento del reo. Es aquí donde se recurre a métodos como la meditación colectiva del Vipásana.

Los resultados del Vipásana son impresionantes. No sólo se logran regularmente en la India, sino también en México con experiencias en grupos de presos.

El Vipásana, a través de programas de diez días de meditación guiada por expertos, induce a cada reo a una profunda introspección renovadora a comprender el daño que han producido, a aceptar su culpa y un deseo sincero de cambiar su actitud frente a la vida, para convertirlo en un sujeto positivo de la comunidad en beneficio de sus semejantes.

Hasta ahora no hemos podido resolver la criminalidad que nos agobia ni hacer que los reclusorios dejen de ser universidades del mal. Sólo abriendo nuevas estrategias, como la del Vipásana, puede lograrse la profunda introspección que implica transformar las mentalidades.

La ola de violencia, que actualmente lleva a nuestra sociedad a la desesperación es un compuesto de simple criminalidad practicada por grupos mafiosos sumado al revanchismo popular contra las injusticias económicas y sociales. Los modernos procesos penales, por depurados que puedan ser, no bastan. Es indispensable complementar la acción de la justicia con los procesos de dignificación y redención personal que inspiren la reincorporación de cada reo a la comunidad de la que se sustrajo.


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