Congreso soberano

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El Congreso es un órgano colegiado, es decir, que sus decisiones se formulan por una colectividad que las aprueba por mayoría. Esa colectividad, de acuerdo a la ley actúa en forma soberana.

¿Qué quiere decir soberanía? Pues precisamente que actúan como un rey, que no tienen un jefe. Como quien dice, ni siquiera todo el pueblo reunido afuera puede decidir por ellos.

El pueblo también es soberano, pero estamos hablando de otro nivel constitucional. Se refiere a la soberanía para cambiar inclusive la forma de gobierno. Es una especie de derecho a la revolución que en México está aceptado jurídicamente, por paradójico que parezca. 

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El resto de la soberanía del pueblo se ejerce mediante el voto. Si no te gusta lo que hacen los diputados puedes elegir otros… pero hasta dentro de tres años en la siguiente elección.

O sea, el Pueblo es soberano a muy largo plazo; y el Congreso es soberano en otro nivel más abajo, pero más a corto plazo y más efectivo. Puede pasar un siglo y no cambiamos la forma de gobierno; y casi a cada rato el Congreso produce una nueva ley o modifica otra.

El principal problema que yo le veo al órgano de gobierno llamado Congreso (aplica a lo local o federal) es que sus reglas de funcionamiento son prácticamente las mismas que cuando nació la democracia representativa y el sistema de tres poderes hace casi 250 años en los Estados Unidos. 

El sistema de iniciativas y de discusión está totalmente obsoleto. Digan si no: Se supone que un Diputado habla y los demás lo escuchan con atención. Falso. Se supone que todos conocen el tema. Falso. Se supone que del debate sale la verdad. Falso. Se supone que los Diputados votan honestamente según su leal saber y entender. Falso. Se supone que la mayoría es más sabia que la minoría. Falso. Se supone que los derrotados colaboran posteriormente con los mayoritarios. Falso. ¡Chin, puros falsos!

Si observamos con cierto conocimiento los productos del Congreso, las leyes que produce, caemos en conclusión que nacen defectuosas. No hay una sola que salga bien librada. Si como dicen, un camello es un caballo de carreras diseñados por un comité, imagínense por siete u ocho partidos en pugna jalando cada uno pa’su lado. ¡No manchen! ¿Ahora qué? ¿Nos resignamos, nos rebelamos, nos cambiamos de País?

A pesar de todo, la vida legislativa podría mejorar con un pequeño cambio. La principal falla tiene que ver con un concepto muy importante llamado “demora”. Se refiere al tiempo que transcurre entre una falla y la corrección. El Congreso es campeón en tardar años en detectar y remediar sus fallas. 

En los tiempos actuales, y desde que se inventaron las procesadoras de palabras, podríamos componer esto muy rápidamente. Sin embargo, el Congreso agarra su paso y ni quien le importe. Es un soberano, con su vanidad de máxima autoridad muy bien establecida. No le gusta preguntar, ni consultar. Para eso son soberanos.

Claro que un diputado puede hacer una iniciativa, pero todo lo que implique trabajar más o mejor para el conjunto, sufre muerte por inanición en alguna Comisión. Las iniciativas realmente innovadoras y modernizadoras también sufren de parálisis por análisis y difícilmente llegan a votación en el pleno. Requieren de una mayoría “tamaleada” de antemano.

El Congreso puede hacer mejores leyes. Necesita estar consciente de su propia ceguera y falta de prisa para todo. Creo que actualmente el arte más codiciado de un legislador no es saber pensar y redactar, sino ser bueno para ocultar su ignorancia.

Es imposible que todos sepan de todo. Si admiten eso ya la hicimos. Lo otro que tienen que aceptar es hay maneras de discutir ideas con mayor efectividad que la del uso de la tribuna. Cambien eso y pasen las discusiones de comisiones a internet. En estos tiempos, la utilidad del uso de la tribuna es finalmente otra gran falacia en el quehacer legislativo que hay que desterrar.


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