En una de las últimas entregas de diciembre pasado, alertamos de la cínica y peligrosa postura asumida por Donald Trump al haber aceptado que la intención de intervenir militarmente a Venezuela era ir tras su petróleo. Señalamos que de no detenerse al desequilibrado mandatario ninguna nación en el mundo –salvo las potencias con arsenales nucleares–, estaría a salvo de ser sometida por medio del poderío militar de los Estados Unidos.
Por desgracia, la infamia que tanto temíamos, se consumó en la madrugada del pasado 3 de enero cuando, pasando por alto lo previsto en el Derecho Internacional y en la Carta de las Naciones Unidas, Trump dio la orden para iniciar un operativo militar que incluyó más de 150 aviones, que bombardearon diversos puntos estratégicos de Caracas para prácticamente secuestrar al Presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores.
En sus primeras declaraciones a los medios, el enloquecido magnate corroboró el verdadero interés de llevar al extremo su terrorismo colonialista al anunciar que se buscará devolver el petróleo venezolano a las empresas americanas, como si las riquezas naturales del país sudamericano les pertenecieras por el solo hecho de invocar la vetusta y abusiva Doctrina Monroe de “América para los americanos”; o, mejor dicho, para los norteamericanos.
Envalentonado ante la tibia respuesta de la comunidad internacional, Trump y sus funcionarios han lanzado la clara advertencia de que quién no se someta a su terrorismo imperialista, deberá atenerse a las consecuencias, incluyendo en su lista de amenazas a naciones como Dinamarca, a la que tratará de arrebatarle por la fuerza el territorio de Groelandia, por el solo hecho de que los Estados Unidos, necesitan ese territorio para sus intereses. Pero también ha colocado en la mira de futuras represalias similares a Cuba, Colombia y México.
En este contexto de abiertas y descaradas agresiones militares por el gobierno estadounidense, todos los pueblos de América Latina deben tomar conciencia del riesgo latente que corren, para articular en unidad la defensa de sus soberanías y sus recursos naturales, porque hasta el momento el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, se ha cruzado de brazos haciendo de su propia carta y preceptos para mantener la paz mundial, letra muerta.
La ONU está pasando a ser un organismo internacional de membrete al que las grandes potencias sencillamente ignoran. Debemos recordar que nació tras la Segunda Guerra Mundial, como garante para hacer respetar el derecho internacional para que ninguna nación pudiera pisotear a otra. La Carta de las Naciones Unidas a la que Trump no le concede importancia alguna, surgió para “salvar a las generaciones subsecuentes del flagelo de la guerra, que dos veces en nuestro tiempo ha ocasionado indecible sufrimiento a la humanidad. Dado que estamos en la era nuclear, el fracaso no puede repetirse. La humanidad perecería. No habría una tercera oportunidad”.
Pero esto tiene sin cuidado a Trump y su pandilla de millonarios, convencidos de que su poderío militar les permitirá hacer un nuevo reparto geopolítico de acuerdo a sus intereses, que en nada beneficiará al pueblo norteamericano, venezolano o al de cualquier otro país al que decidan invadir para imponer gobiernos títeres.
En sus primeras declaraciones ante las cortes americanas, Nicolás Maduro definió con exactitud el grado de barbarie a que ha llegado el remasterizado colonialismo norteamericano del silgo XXI, al afirmar que fue secuestrado, pasando a ser un prisionero de guerra, de un país agredido por la brutal fuerza de las armas, al que se le violó su soberanía y se le pretende imponer un gobierno manejado desde Washington, bajo la amenaza que de no obedecer volverán los bombardeos. Situación que no debe permitir la comunidad internacional porque de no frenarla, no solo los pueblos de América Latina, sino del mundo entero, podrán correr la misma suerte que Venezuela.



































