Parece que en el Instituto Nacional Electoral bajo la presidencia de Guadalupe Taddei no se organizaban solo elecciones, sino capítulos de una telenovela de esas que enganchan por lo absurdo. Cada semana sale un nuevo capítulo de irregularidades y, como en las series de la tarde, siempre hay alguien que sale a defender al villano de turno.
Ahora resulta que salió a blindar a un proveedor que no cumplió con la fecha de entrega. En lugar de exigir cuentas o aplicar la penalización que marcaba el contrato, se le perdonó casi todo y se despidió a la directora que tuvo el valor de señalar la irregularidad. Así de simple: el que alerta se va a la calle y el incumplido se queda con el contrato y la sonrisa. ¿Le suena familiar? Pues es el mismo patrón que se ha venido documentando con contratos millonarios, empresas de cinco empleados que facturan como si fueran gigantes y triangulaciones que ni en las mejores novelas se inventan.
Y no para ahí el culebrón. Claudia Arlett Espino, la que fue su mano derecha en el Instituto, renunció por “motivos de salud” cuando el proceso electoral ya estaba encima. A las pocas semanas apareció trabajando en el gobierno de Chihuahua. Y apenas ayer, en medio de los señalamientos por su cercanía con Taddei y las irregularidades del INE, volvió a renunciar. Dos salidas en menos de dos meses. La salud debe ser de lo más delicado… o el ambiente se puso demasiado caliente.
Mientras tanto, varios consejeros del propio Instituto ya presentaron denuncia ante la Fiscalía General de la República por las irregularidades detectadas. No es chisme de pasillo: es formal. La Auditoría Superior de la Federación anda revisando cientos de millones en contratos sospechosos y el Órgano Interno de Control tiene expedientes abiertos como para llenar un librero.
Lo más jocoso —o lo más triste, según se mire— es que todo esto ocurre mientras se prepara el proceso electoral. El árbitro está más ocupado apagando incendios internos que en garantizar que las reglas se respeten. Como dice el dicho: “el que no tranza, no avanza”. Pero aquí no avanzan las instituciones; se hunden.
Esta telenovela, como avisan en la tele, continuará. Y los mexicanos, de espectadores obligados, seguiremos pagando la boleta… con nuestros impuestos.



















