Consumidores resisten, empresarios dudan

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Septiembre de 2026 deja dos radiografías que, leídas juntas, incomodan a cualquier relato triunfalista. El Índice de Confianza del Consumidor del INEGI, procesado por TResearch, se ubicó en 45.1 puntos. El Índice Global de Opinión Empresarial de Confianza (IGOEC) quedó en 48.4. Ninguno se desploma, pero ninguno confirma la bonanza que se proclama desde el poder. Lo que se observa es una economía que avanza por inercia, no por entusiasmo.

El hogar: estabilidad con asteriscos. El reporte del consumidor destaca que el índice se mantuvo estable por segundo mes. La serie gráfica, sin embargo, muestra 46.3 puntos en agosto, es decir, un retroceso de 1.2 puntos en el último mes. Además, el nivel actual queda lejos del máximo de 49.4 que se registró en 2024. Hay aquí una primera fricción: lo que el titular llama estabilidad es, en los datos, un enfriamiento moderado.

El resto de los indicadores confirma una meseta. La percepción de la situación económica actual marca 52.0, igual que hace dos años. La expectativa a futuro es de 57.6, por debajo del 58.3 de septiembre de 2025. Quienes creen poder comprar bienes duraderos suman 32.0%, frente a 32.1% de hace un año. Quienes pueden vacacionar bajaron de 39.0% a 38.3%. La expectativa de ahorro a un año pasó de 52.8% a 51.4%. La lectura optimista es que estos niveles superan por mucho los de 2009 o 2020. La lectura crítica es que el impulso que se vio entre 2022 y 2024 se agotó.

La empresa: casi todos por debajo del umbral. El IGOEC promedia 48.4 puntos en lo que va del año y acumula tres meses sin cambios apreciables. Frente a los 49.4 de septiembre de 2025 hay un descenso de un punto, que TResearch cuantifica en 2%, y la distancia con el 56.4 de septiembre de 2023 es enorme. Por convención, 50 puntos separan el optimismo del pesimismo. Comercio alcanza 48.9, servicios no financieros 48.4, manufactura 48.0 y construcción 47.8. Ninguno supera la línea.

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Las diferencias entre sectores son reveladoras. Comercio mejora 1.3 puntos en el año, aunque el propio análisis lo describe como un sector muy inestable. Manufactura cae 2.1 y servicios no financieros 1.3. Construcción sube 0.7, pero partía de niveles bajos. Dentro de la manufactura, alimentos, bebidas y tabaco lideran con 50.9, mientras textiles, ropa, madera y papel se hunden en 40.5. En servicios, solo manejo de residuos y servicios profesionales toca los 50.0, y medios masivos cierra la tabla con 47.2. La confianza se concentra en lo que la gente consume a diario y se debilita donde pesan la competencia externa y la inversión.

La grieta entre ambos mundos. Aquí surge el punto de mayor tensión. El consumidor conserva una expectativa económica de 57.6, claramente optimista, mientras el empresario permanece en terreno de cautela. ¿Quién tiene razón? Ambos pueden tenerla, pero con consecuencias distintas. Si los hogares sostienen el consumo sin que las empresas inviertan ni contraten con convicción, el crecimiento depende de un motor único: el gasto corriente. Esa fórmula es frágil, porque el ahorro de 39.1% de la población significa que seis de cada diez mexicanos no logran guardar nada.

También conviene preguntarse qué respalda el optimismo del consumidor. Los datos no lo explican, y puede deberse a transferencias, remesas o simple resignación ante un entorno que se percibe sin sobresaltos. Y si la confianza empresarial lleva tres años en descenso desde su pico de 2023, el discurso de certidumbre no ha convencido a quienes toman decisiones de inversión.

Una advertencia metodológica. Se trata de encuestas de percepción, no de mediciones de producción, empleo o inversión. Reflejan estados de ánimo, y los estados de ánimo cambian con rapidez. Tampoco corresponde atribuir causalidad política a una variación de décimas. Pero un análisis honesto debe reconocer que cuatro sectores empresariales en zona de pesimismo y un consumidor que apenas se mantiene no describen un país en auge.

Conclusión. La economía mexicana no está en crisis, pero tampoco en celebración. La confianza se sostiene sin crecer, y la distancia entre la narrativa oficial y la percepción de quienes consumen y producen es el dato político más relevante de septiembre. Gobernar con cifras de estabilidad es posible, siempre que no se confunda estabilidad con dinamismo. La pregunta que queda abierta es cuánto tiempo puede un país vivir de una calma que nadie, en rigor, está festejando.

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