El mito del bloque único: la geometría de las alianzas de oposición

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La oposición mexicana parece haber descubierto una paradoja rumbo a 2027: mientras más se habla de construir un gran bloque contra Morena, más difícil resulta ponerse de acuerdo sobre quién debe integrarlo, dónde y bajo qué condiciones.

El PRI, encabezado por Alejandro Moreno, mantiene la presión para construir un frente amplio. El dirigente priista ha insistido en que las fuerzas opositoras deben competir juntas y ha planteado que una alianza podría disputar buena parte de las 17 gubernaturas que estarán en juego. Pero el problema no es solamente sumar siglas. Es decidir si esas siglas todavía representan algo compatible para los electores.

Movimiento Ciudadano mantiene una posición distinta. Su dirigencia ha rechazado una coalición nacional con los partidos tradicionales y sus simpatizantes muestran una inclinación mayoritaria por competir en solitario. En una medición de México Elige citada en septiembre, 68.5 % de los simpatizantes de MC prefería esa ruta, frente a 21.2 % que respaldaba una alianza PAN-PRI. El rechazo al PRI, por tanto, no parece una diferencia menor que pueda resolverse con una fotografía de dirigentes estrechándose la mano.

El PAN se encuentra en medio de esa geometría. Jorge Romero pasó de defender una competencia separada a abrir la puerta para que las dirigencias estatales analicen alianzas según las circunstancias de cada entidad. Es un cambio significativo: la discusión dejó de ser si debe existir una alianza nacional y comenzó a ser dónde tiene sentido construirla.

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Chihuahua ofrece una muestra de esa nueva lógica. Dirigentes panistas han planteado conversaciones tanto con el PRI como con MC, mientras se discute que una eventual coalición debería construirse alrededor de coincidencias sobre crecimiento económico, agua y desarrollo del campo, y no simplemente sobre el reparto de candidaturas.

Ahí puede estar la clave de 2027. No necesariamente habrá un mapa opositor dividido entre un bloque único y partidos aislados. Puede existir, más bien, una geometría variable: PAN y PRI en algunas entidades; PAN y MC en otras; los tres en determinados escenarios y cada partido por su cuenta donde las diferencias sean mayores.

Eso no resuelve el problema fundamental. Una alianza puede sumar votos, pero también puede restarlos si obliga a electores a respaldar una combinación de partidos que consideran incompatible. Los antecedentes de la alianza PAN-PRI-PRD y las diferencias entre sus bases explican parte de la resistencia actual. En el PAN, por ejemplo, 40.4 % de sus simpatizantes prefería competir solo en agosto, mientras 33 % respaldaba mantener la alianza con el PRI.

Por eso, el verdadero reto opositor no consiste únicamente en encontrar la fórmula matemática para derrotar a Morena. Consiste en presentar candidatos capaces de representar algo más que el rechazo al partido gobernante y propuestas de gobierno suficientemente concretas para convencer al elector.

La suma de partidos no equivale automáticamente a una suma de ciudadanos. Y si la oposición pretende convertir 2027 en una competencia real, tendrá que demostrar que puede sumar algo más importante que logotipos: credibilidad, perfiles competitivos y una propuesta de gobierno reconocible en cada estado.

La política local, paradójicamente, podría terminar imponiéndose sobre la estrategia nacional. Y quizá esa sea la única manera de que las alianzas dejen de ser un cálculo de dirigentes para convertirse en acuerdos que los ciudadanos estén dispuestos a respaldar.

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