lunes, febrero 9, 2026
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El estigma del PRI y la «purificación» morenista

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El PRI es el partido con mayor rechazo entre los electores mexicanos. En las redes sociales, es común que simpatizantes de Morena descalifiquen a cualquier crítico de sus gobiernos tachándolo de «priista». Este recurso busca presentarlos como practicantes de aquello que más se repudia de dicho partido: la corrupción.

Incluso el presidente López Obrador, al intentar justificar el desfalco en Segalmex y exculpar a Ignacio Ovalle —director del organismo cuando ocurrió el ilícito—, afirmó que este fue «engañado por priistas».

Aquí surge una contradicción evidente. Mientras se condena al PRI como símbolo de corrupción y privilegios para movilizar el voto a favor de Morena, el juicio cambia radicalmente cuando se trata de sus antiguos militantes. Una revisión de las filas de Morena revela una notable incorporación de exmilitantes del «tricolor». Nombres como Alejandro Murat, Adán Augusto López Hernández, Alejandro Armenta, Layda Sansores e incluso el propio López Obrador son ejemplos de políticos que, tras militar en el PRI, hoy ocupan puestos destacados en gobiernos morenistas.

Resulta llamativo que el PRI siga señalándose como el cáncer que provocó la metástasis de la corrupción en el sistema político nacional. Pareciera que se percibe al partido como un ente vivo que corrompe por sí solo, y no como un grupo de personas cuyas prácticas y ética inexistente son las que realmente dañan las instituciones. La impresión es que lo que molesta es la sigla, convertida en un símbolo de todo lo malo en México, pero esa lógica se diluye al evaluar a los políticos que, en su ambición, practican la simulación para avanzar en sus carreras, independientemente del bando en el que militen.

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Diversas encuestas confirman que un alto porcentaje de ciudadanos nunca votaría por el PRI. Sin embargo, los resultados electorales recientes muestran que ese rechazo no se traslada a los exmilitantes postulados por Morena. Es como si, al abandonar su antiguo partido, atravesaran una purificación inmediata que borra sus faltas políticas previas.

El PRI es visto como el responsable de la pobreza, las crisis patrimoniales y la simulación que ocultó la realidad del país. No obstante, sus integrantes parecen quedar exentos de estos cuestionamientos al arribar a tierras morenistas. Es una situación curiosa de nuestra política: los responsables de las decisiones hoy condenadas en el debate público pueden eliminar su historial con un simple cambio de siglas. Si Lucifer se afiliara a Morena, le perdonarían su rebelión, pero seguirían condenando a Satanás y al Infierno.

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