Luego de ganar la presidencia de la República, el movimiento fundado por Andrés Manuel López Obrador logró transformar el país. No nos referimos únicamente a las reformas constitucionales impulsadas en siete años de gobiernos emanados de Morena, sino al impacto profundo de la desaparición de organismos autónomos y contrapesos. Destacan, además, la política de «abrazos, no balazos» y la subordinación de los poderes Legislativo y Judicial a la voluntad presidencial.
Ya en el poder, Morena logró imponer —con una votación equivalente a apenas el 10 % del padrón— a miembros de la Suprema Corte. Actualmente, impulsan una reforma electoral cuya urgencia pocos comprenden y mantienen una mayoría en el Congreso cuestionada por la sobrerrepresentación. Sin embargo, la interrogante fundamental no es por qué lo hicieron, sino cómo lo lograron con tal facilidad: sin oposición y sin pagar un costo político por acciones que, a la postre, afectan negativamente al país.
En 2018, el ahora partido oficial carecía de mayoría calificada en el Congreso; en 2021, su número de diputados federales disminuyó ligeramente. No obstante, en 2024 arrasó en los comicios sin impedimentos. ¿Cómo se explica este avance y dónde estaba la oposición? No solo fueron incapaces de frenarlo, sino que ni siquiera lograron elevar el costo político para forzar un diálogo previo a la ejecución de sus planes. El paso de Morena como nuevo partido hegemónico se ha caracterizado por la exclusión: no solo de las fuerzas políticas contrarias, sino de los sectores sociales que disienten de sus formas y metas.
Tanto en 2018 como en 2024, los líderes opositores afirmaban conocer la estrategia de López Obrador para ganar elecciones y ejecutar reformas. Pese a ello, no articularon acciones para evitar lo que muchos temían: la consolidación de un partido con control absoluto sobre los tres poderes de la Unión.
Si bien el PRI y el PAN sufrieron la fuga de militantes hacia Morena, la pérdida de afiliados, escándalos de corrupción y una caída constante de votos —sumado a que su aliado, el PRD, perdió el registro en 2024—, esto no justifica plenamente su inacción. Su debilidad estructural explica su incapacidad para oponerse a un partido que busca revivir la época dorada del PRI, pero en una versión corregida y aumentada.
Es aquí donde los conceptos de ineptitud y complicidad cobran relevancia. Sin ellos, es imposible entender por qué permitieron lo ocurrido en México en los últimos siete años, un periodo donde el régimen morenista tiene poco que presumir, salvo una ligera disminución de la pobreza y el aumento al salario mínimo.
Gran parte de la ciudadanía rechaza el regreso del PRI o del PAN y desconfía de opciones como MC o los partidos en formación; sin embargo, tampoco desea la continuidad de Morena. Al meter a todos los institutos políticos en el mismo saco de corrupción e ineficiencia, es probable que la participación en las urnas sea baja. Esto dificultaría corregir el rumbo, lo cual solo sería posible si el partido oficial pierde su mayoría calificada en la Cámara de Diputados.
Los pronósticos no son alentadores. Los mismos dirigentes que encabezaron las derrotas de 2018 y 2024 permanecen en sus puestos, restando credibilidad a cualquier promesa de cambio. Al menos, el PRI y el PAN deberían comenzar por explicar por qué permitieron no solo el avance electoral de Morena, sino el desmantelamiento de la arquitectura institucional, sin haber resuelto la corrupción ni los problemas estructurales que el país arrastra desde hace décadas.
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