Los estrategas de seguridad nacional de la Comunidad de Inteligencia de EU parece que lograron convencer al presidente Donald Trump de que la presunta invasión militar a México para destruir a los cárteles mexicanos con un blitzkrieg tipo venezolano sí aparecía prácticamente imposible en los planes estratégicos.
En Venezuela fue fácil porque el presidente Nicolás Maduro representaba la figura central de todas las descomposiciones de un populismo coyuntural y ese país no hacía frontera física con Estados Unidos, además de que la estructura política, social y y militar venezolana estaba totalmente en modo de putrefacción.
Una invasión militar estadounidense –por tierra o con drones– para destruir fortificaciones del narcotráfico en México implicaría prácticamente una declaración de guerra y colocaría la frontera de más de tres mil kilómetros en zona de ebullición con decenas de miles de mexicanos huyendo del país.
Otra diferencia en los casos de México y Venezuela estaría en el objetivo de una incursión militar: en los expedientes estadounidenses aparece la figura del presidente emérito Andrés Manuel López Obrador como responsable del fortalecimiento de los cárteles del narcotráfico que han producido y siguen produciendo droga para contrabandearla a Estados Unidos, pero también será registrado el hecho de que el tabasqueño cuenta con un consenso social que Maduro había perdido. Y en pocas palabras, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no es la Delcy Rodríguez mexicana.
Y la intención original y directa del presidente Trump para invadir Venezuela con fuerzas militares y de seguridad nacional de la DEA y la CIA no fue otra que la de apropiarse de la riqueza petrolera que era manejada como negocio privado de la élite chavista-madurista. Pero el petróleo mexicano no se maneja como el venezolano, además de que tiene una deuda que seguro ya espantó a los estrategas de las invasiones energéticas.
La estrategia estabilizadora de Estados Unidos para México había funcionado –mal que bien– con los gobiernos del PRI, incluyendo las etapas en las que presidentes protegían a Cuba más por beneficio propio que por el de los cubanos; y las administraciones del PAN y la última del PRI en realidad obedecían cada vez menos a solidaridades políticas por la disolución de la izquierda marxista-socialista mexicana que caracterizaba ya de modo formal a la Cuba de los Castro como una dictadura militar.
La agenda de Cuba en la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos no teme ninguna reconstrucción de la influencia política e ideológica de La Habana en América Latina, pero sigue siendo una espina insertada en el costado del imperio por su distancia de 90 millas, además de que Cuba por sí misma era el recordatorio de las humillaciones e impotencias de EU por un pequeño país subdesarrollado.
La comunidad cubana en Estados Unidos es más gringa que cubana, pero se sigue quejando de que la dictadura de Raúl Castro continúa atenazando las posibilidades de un aireamiento del país con el endurecimiento político y la represión a la disidencia. A la distancia no se tienen datos muy claros de hasta qué punto la cubanidad del secretario de Estado-consejero de Seguridad Nacional Mario Rubio serían condiciones de su perfil político para competir por la candidatura presidencial republicana en 2018, ni tampoco se tiene claro si el poder cubano en EU puede hacer un beneficio o un obstáculo.
La Doctrina Monroe del presidente Trump no está buscando victorias parciales ni invasiones militares en países que le costarían más trabajo administrar de manera directa, y de ahí la burla de Trump de asumirse como presidente interino de Venezuela. Pero la Casa Blanca ha encontrado ya un camino que paulatinamente se está consolidando como el que se va a utilizar para fortalecer el poder estadounidense en el continente: el apoyo a la derecha pronorteamericana en elecciones locales. Y ahí están como ejemplo Argentina, Chile, Ecuador y ahora Colombia con las votaciones para relevar del poder al presidente guerrillero Gustavo Petro.
En este contexto, la estrategia que está medio dilucidando el equipo de seguridad nacional de la Casa Blanca busca no avances específicos como en Venezuela, sino la enchilada completa para promover gobiernos en elecciones legales y constitucionales y a través de ellas imponer perfiles pronorteamericanos, tomando en cuenta otro dato significativo: las sociedades latinoamericanas no apoyaron invasiones militares estadounidenses porque generaban dictaduras adversas, y ahora busca la cooptación institucional electoral. Lo dijo clarito el presidente saliente de Chile: “las masas desearon a Kast (ultraderechista), no las engañaron”.
Así que la enchilada completa dentro de México no es una invasión militar para destruir cárteles aquí, sino esperar a las elecciones legislativas de 2027 y presidenciales de 2030 para regresar a México a la subordinación de los tiempos del PRIAN.
El mensaje está claro: una invasión militar a México afectaría más a Estados Unidos en la frontera y en el comercio que beneficios en el control del tráfico de drogas.
Política para dummies: la política es un instrumento de poder, no un acto de locura.
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carlosramirezh@




































