¿Cómo ven? El registro obligatorio de líneas celulares entró en vigor el 9 de enero de 2026, con plazo hasta el 30 de junio para vincularlas a la CURP e identificación oficial. De no hacerlo, las líneas se suspenden. El gobierno lo vende como la gran arma contra extorsiones: 90% de esos delitos vienen por teléfono, y con 158 millones de líneas —de las cuales 85% son prepago y anónimas—, el anonimato facilita el crimen organizado.
Pero la realidad pinta otro cuadro. Apenas un 10-15% de las líneas se ha registrado hasta ahora; eso significa que más del 90% de los usuarios sigue sin mover un dedo. ¿Por qué? Porque la gente no confía ni madres en las autoridades. Con antecedentes de filtraciones masivas, desaparición del INAI y un historial donde los datos terminan en manos de narcos o hackers, entregar CURP y credencial se siente como regalarle la casa al ladrón para que no robe. Organizaciones como R3D lo dicen clarito: este padrón no frena delitos, los aumenta al centralizar datos sensibles sin blindaje real.
El gobierno, en su afán de verse eficiente, se pone terco. Sheinbaum defiende la medida como esencial para la seguridad y echa la culpa de fallas a las telefónicas. Pero esa soberbia ignora el miedo legítimo: ¿quién garantiza que la base no se filtre otra vez? ¿O que no sirva para vigilancia política? Mientras, el crimen organizado se ríe: ellos usan chips robados, líneas extranjeras o identidades falsas; el registro solo jode al ciudadano común.
Aquí el chiste trágico: en lugar de construir confianza con transparencia y protección efectiva de datos, el gobierno impone y amenaza con bloquear. Resultado: millones prefieren arriesgarse a perder el servicio antes que entregar su vida digital a un sistema que huele a control. Esa terquedad puede generar caos: brecha digital, exclusión de vulnerables y, paradójicamente, más espacio para el delito al empujar a la gente a alternativas ilegales.
Al final, el 90% que no registra no es flojera; es desconfianza ganada a pulso. Y mientras las autoridades no acepten que el problema no es solo el anonimato, sino la falta de credibilidad propia, seguirán cosechando resistencia. ¿Eficiencia? Más bien, soberbia que nos puede salir carísima a todos.






































