sábado, marzo 21, 2026
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¿Pedir perdón? El uso político del pasado y la trampa de la historia selectiva

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La exigencia de que España pida perdón por la Conquista no es un debate histórico. Es un debate político y profundamente manipulador. Y como todo debate político mal planteado, parte de una simplificación peligrosa: reducir uno de los procesos más complejos de la historia a una narrativa de culpables absolutos y víctimas puras.

Esa es, en esencia, la postura impulsada por López Obrador y retomada por Claudia Sheinbaum. Bajo conceptos como “reconocimiento histórico”, “memoria” o “reconciliación”, se ha planteado la idea de que el Estado español debe disculparse formalmente por los abusos cometidos durante la Conquista.

En el papel, siendo condescendientes suena razonable. En la realidad, es profundamente problemático.

La historia no es un tribunal… y menos cinco siglos después. El primer error es asumir que la historia funciona como un juicio pendiente. Que los actores actuales deben responder por acciones ocurridas hace quinientos años, en contextos completamente distintos, bajo estructuras políticas, religiosas y sociales que ya no existen.

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Si ese fuera el criterio, ningún país se salvaría.

¿Deberían los italianos pedir perdón por el Imperio romano?
¿Los mongoles por sus conquistas?
¿Los pueblos mesoamericanos por sus propias guerras y sistemas de dominación?

La historia no opera bajo la lógica de la culpa hereditaria. Pretenderlo no es justicia histórica: es anacronismo político.

La Conquista no fue un choque simple entre “España” y “México”

Uno de los mayores problemas del discurso oficial es que presenta la Conquista como un enfrentamiento entre dos bloques claros: invasores y pueblos originarios.

Eso es falso.

Hernán Cortés no conquistó el imperio mexica con un ejército español puro. Lo hizo con decenas de miles de aliados indígenas: tlaxcaltecas, totonacas y otros pueblos que veían en Tenochtitlán un poder opresor.

Reducir ese proceso a “España contra México” es borrar deliberadamente a esos actores.

Y aquí surge una pregunta incómoda que rara vez se responde:

Si España debe pedir perdón… ¿también deben hacerlo los pueblos indígenas que participaron en la caída de Tenochtitlán?

Porque sin ellos, la Conquista no habría sido posible.

El argumento moral: una mirada incompleta

Uno de los puntos más utilizados en esta discusión es el de los abusos cometidos durante la Conquista. Y sí, los hubo. Negarlo sería absurdo.

Pero también lo es ignorar el contexto completo.

Antes de la llegada de los españoles, existían prácticas como los sacrificios humanos sistemáticos en distintas culturas mesoamericanas. No como hechos aislados, sino como parte estructural de su cosmovisión.

Aquí es donde el discurso oficial evita entrar. Porque la pregunta es incómoda:

¿Se debe pedir perdón por haber terminado —o al menos alterado radicalmente— prácticas como el sacrificio humano o el consumo ritual de carne humana?

No es una provocación. Es una contradicción evidente en el argumento moral selectivo.

Si el pasado debe juzgarse con criterios actuales, entonces debe hacerse completo, no fragmentado según la conveniencia política o el afán de protagonismo.

La respuesta desde España: entre orgullo y matices

Las reacciones en España han dejado ver otra cara del debate. Por un lado, figuras como Isabel Díaz Ayuso han respondido con firmeza, defendiendo el legado español en América como un proceso que también llevó instituciones, universidades, infraestructura y una nueva organización social.

Su postura no es conciliadora, pero sí refleja una realidad: la herencia de la Conquista no es únicamente violencia, sino también el origen de una civilización compartida por cientos de millones de personas.

Por otro lado, el propio Rey Felipe VI ha adoptado una posición más matizada, reconociendo abusos, pero insistiendo en la necesidad de entenderlos en su contexto histórico.

Esa diferencia revela algo importante: incluso dentro de España, el debate no es simple. Y en México, tampoco debería serlo.

El verdadero problema: el uso demagógico de la memoria

La insistencia en exigir disculpas no responde únicamente a una preocupación histórica. Tiene un componente político evidente.

Replantear la narrativa del pasado permite reforzar discursos identitarios, movilizar emociones colectivas, y sobre todo, desviar la atención de los graves problemas actuales

Es más fácil debatir sobre agravios de hace quinientos años que resolver los agravios de hoy. Es más fácil señalar culpables históricos que asumir las responsabilidades presentes o perseguir y castigar a los verdaderos criminales de hoy.

Reconciliación real vs. simbolismo vacío

México y España no están enfrentados. Mantienen relaciones diplomáticas, económicas y culturales sólidas. Comparten idioma, historia y una comunidad de más de 600 millones de personas.

No hay ruptura. Entonces, ¿qué se busca realmente con una disculpa?

Porque una disculpa sin consecuencias prácticas no repara nada. No mejora la vida de los pueblos originarios actuales. No resuelve desigualdades. No transforma estructuras.

Es un acto simbólico. Y los símbolos, cuando los usan demagogos, se convierten en herramientas de manipulación.

No hay duda de que la Conquista fue violenta y también compleja, y sobre todo, fue un proceso en el que participaron múltiples actores, no un relato simple de buenos contra malos.

Exigir una disculpa unilateral es ignorar esa complejidad, es seleccionar qué parte del pasado recordar… y cuál olvidar. Y eso no es memoria histórica, se llama demagogia.

Porque si el criterio es ese —convertir la historia en un tribunal donde los vivos deben responder por los muertos— entonces la lógica no puede aplicarse a conveniencia.

Entonces la pregunta es inevitable. Y profundamente incómoda.

Si España debe pedir perdón por la Conquista… ¿México debería hacer lo mismo por los episodios más violentos de su propia historia?

¿España debería exigir a México que se disculpe oficialmente por las matanzas de españoles durante la guerra de Independencia?

¿Por hechos como los ocurridos tras la toma de la Alhóndiga de Granaditas, donde la violencia se desbordó sin control y sin que figuras como Hidalgo —que tenían autoridad moral y liderazgo— lograran o quisieran detenerla?

No es una provocación. Es la consecuencia lógica del argumento.

Porque si vamos a juzgar el pasado con criterios actuales, entonces hay que hacerlo completo. Sin excepciones. Sin selecciones convenientes. Sin convertir la historia en un catálogo de agravios útiles para el presente.

De lo contrario, no estamos frente a un ejercicio de justicia histórica.

Estamos frente a un discurso populista construido a la medida para distraernos de los verdaderos pro9blemas del país.

Y en ese terreno, la historia deja de ser memoria… para convertirse en herramienta.

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