En redes circula con fuerza la denuncia de la analista Denise Dresser: después de una operación de cadera no logró conseguir el medicamento que necesitaba. Su asistente, según contó ella misma, recorrió más de quince farmacias y en ninguna lo encontró. En una le dijeron que sí había, pero que la caja estaba sellada por la autoridad sanitaria. Dresser vinculó su experiencia con las protestas de los trabajadores del IMSS, que estos días han salido a reclamar desabasto de insumos, falta de personal y un aumento salarial que consideran insuficiente. “Hoy entiendo aún mejor por qué marchan los médicos”, escribió. El mensaje generó de inmediato reacciones divididas: unos la respaldaron, otros la acusaron de dramatizar un problema de farmacias privadas y cargarle la culpa al gobierno.
Poco después, la periodista Yohali Reséndiz publicó en su cuenta de la red social X un llamado solidario. Pidió ayuda para localizar el medicamento —parches de buprenorfina conocidos como Soloro 7— para su amiga Denise. Explicó que estaba agotado en varias cadenas y pidió a seguidores, laboratorios y hasta a personas en otros países que revisaran disponibilidad. El mensaje se compartió bastante. Sin embargo, entre los comentarios y versiones que se esparcieron en las mismas redes, varios usuarios aseguraron que la cuenta de Reséndiz fue suspendida poco después de publicar el nombre del fármaco. La explicación que más se repite es que el algoritmo de la plataforma lo identificó como una sustancia controlada o droga y procedió al bloqueo automático. Hasta el momento esa suspensión no aparece confirmada de manera oficial por la periodista ni por la red; se trata de comentarios y rumores que circulan entre quienes siguieron el hilo.
Lo cierto es que el episodio se metió de lleno en la conversación sobre el desabasto. Mientras los trabajadores del IMSS protestan por la falta de gasas, jeringas, medicinas y mejores condiciones, el caso de una figura pública que no consigue su tratamiento en el sector privado abrió otro flanco. La presidenta Claudia Sheinbaum respondió en su conferencia matutina con ironía, subrayando que las farmacias particulares tienen sus propios canales de distribución y que el problema del sistema público es distinto. Dresser replicó que el desabasto afecta tanto a lo público como a lo privado y que las decisiones de compras y las trabas regulatorias terminan impactando a todos.
En las redes el debate se polarizó como siempre. Hay quien se burla de que una analista conocida se queje de algo que miles de derechohabientes viven a diario sin micrófonos. Otros señalan que el hecho de que ni siquiera en farmacias privadas se encuentre cierto medicamento confirma que el problema es más profundo. Y en medio aparece la versión del algoritmo que castiga a quien escribe el nombre de un fármaco para el dolor. Si resultara cierta, sería un ejemplo más de cómo las plataformas pueden complicar hasta los gestos de solidaridad más básicos.
Mientras tanto, las protestas de los trabajadores del IMSS continúan y las denuncias de recetas incompletas no paran de aparecer. El caso Dresser-Reséndiz, confirmado en la parte de la búsqueda fallida y todavía rodeado de versiones no verificadas en lo de la suspensión, se suma a la larga lista de historias que muestran lo difícil que se ha vuelto conseguir algo tan elemental como un medicamento cuando se necesita.


















