La Generación Z y los Miedos del Poder

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El pasado fin de semana, la Generación Z llevó a cabo una manifestación masiva que dejó una marca indeleble en el panorama político de México. La asistencia, a pesar de las tensiones y la violencia que se generó, refleja un descontento profundo y una nueva voz en la esfera pública. Sin embargo, la reacción de ciertos sectores políticos, especialmente de militantes del partido Morena, destaca una inconsistencia preocupante en su postura ante las protestas sociales.

Lo que ha llamado la atención es la condena inmediata por parte de miembros de Morena, quienes, en un comunicado vehemente, denunciaron los actos de violencia que se registraron durante la manifestación. Este tipo de pronunciamientos no son comunes en circunstancias similares; por ejemplo, eventos como la marcha del 8 de marzo, que también se caracterizan por su carga emocional y social, han sido recibidos con un tono más comprensivo y menos crítico, incluso a pesar de que en varias ocasiones ocurrieron episodios de confrontación.

Este repentino cambio de actitud sugiere que la movilización de la Generación Z ha encendido alarmas en el seno del partido en el poder. La narrativa que se ha comenzado a construir a su alrededor es clara: en lugar de centrarse en los reclamos legítimos de los jóvenes, se ha optado por una estrategia de deslegitimación que busca desviar la atención hacia la violencia, minimizando así el mensaje de la protesta. Esta tendencia de etiquetar a la movilización como una maniobra de “ultraderecha” también revela un intento de simplificar y reducir a un grupo diverso y multifacético a una única ideología, lo cual es altamente problemático y, además, erróneo.

Para contextualizar esta situación, es importante considerar la historia reciente de protestas en el país. Marchas previas, como las que han abordado temas de género, derechos LGBT+ o la lucha contra la gentrificación, han logrado generar diálogos significativos en la esfera pública. Sin embargo, la respuesta de Morena ha variado considerablemente dependiendo de la naturaleza y el enfoque de la protesta. En este caso, la manifestación de la Generación Z se centra en preocupaciones contemporáneas que abarcan desde la crisis climática hasta la precariedad laboral, lo que puede interpretarse como una llamada de atención al establecimiento político que, hasta ahora, ha evitado conectar con esta juventud.

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El hecho de que la protesta se haya caracterizado por actos de violencia no justifica la condena generalizada, ni la descalificación de toda la manifestación. Las respuestas violentas pueden surgir en cualquier contexto de movilización, y el manejo de estas por parte de los poderes del Estado debe centrarse en la comprensión y mediación, no en el rechazo absoluto. Esta reacción equivale a poner un velo sobre el malestar de una juventud que siente que sus inquietudes no son escuchadas.

Es importante destacar que el miedo que sienten algunos sectores del gobierno ante este tipo de movilizaciones no es infundado. La Generación Z representa un cambio generacional y cultural que, si no se canaliza adecuadamente, podría traducirse en descontento político y social que afecta el futuro del país. Por tanto, la manera en que el partido en el poder maneje esta relación puede definir su estabilidad en los próximos años.

La polarización y el miedo a perder el control sobre la narrativa pueden llevar a un círculo vicioso en el cual se propicia más confrontación y se perpetúa el ciclo de violencia. Es esencial que el diálogo se abra y que se escuche la voz de esta nueva generación, en lugar de silenciarla a través de tácticas de deslegitimación.

En conclusión, la manifestación de la Generación Z es un signo de cambio y un llamado a la reflexión. Las respuestas del poder no deben centrarse en la violencia, sino en la búsqueda de consensos, entendimiento y, sobre todo, en la búsqueda de soluciones que verdaderamente aborden las preocupaciones de los jóvenes del país.