La democracia en América Latina

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América Latina siempre está inquieta. Es el sino con que nació su democracia. Hoy día las sorpresas nos llegan desde Argentina, Venezuela y Brasil. El sainete que se ha dado en torno al cambio de gobierno en Argentina exhibe el extremo a que puede llegarse cuando el capricho adquiere el nivel de pasión irracional. El único freno que puede detener las impertinencias de la señora expresidenta Cristina Kirchner tiene que provenir del mismo pueblo argentino, si sus representantes parlamentarios son capaces de hacerlo.

El pueblo argentino ha tomado su decisión de romper con el kirchnerismo y nada hay que lo desvíe. Los caprichos de la presidenta saliente de no querer asistir al ritual democrático de la transición de poder en nada afecta el hecho de que el cambio de régimen de hecho ya se ha dado. La forma en este caso no toca fondo y lo único lamentable es el tiempo que se pierde en consentir el capricho de una persona.

Si el juego político permite que camine la irracionalidad de un enfrentamiento sobre asuntos tan baladíes como el espacio en que se realice la ceremonia de la transmisión de poderes, las consecuencias no pasarán del daño que se le inflija a la respetabilidad del proceso electoral argentino, ingrediente necesario pero no indispensable para que la decisión electoral de todas maneras se cumpla.

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Sin tocar el fondo del mandato electoral, el caso que nos llega desde Brasil es diferente. La señora presidenta, la antigua guerrillera Dilma Rousseff, está sufriendo las consecuencias de la virtud de la tolerancia llevada al extremo más nocivo para la marcha de la democracia. La ola de escándalo que la envuelve y que convirtió en enemigos a los de su equipo más cercano, cuestiona el poder  que ella ejerce.

El eventual enjuiciamiento de la señora presidenta, de llegarse a la consecuencia que sus promotores desean, tendría el mismo efecto que se logra por otras vías, como sería el voto de desconfianza en un régimen parlamentario o la revocación del mandato que algunas fuerzas políticas han querido instituir como recurso general en México. Se trata de enjuiciar a la autoridad, no en cuanto a la sustancia de sus decisiones, sino en el derecho que se tiene de ejercerlo dentro un sistema democrático respetable.

El caso de Venezuela es el más crucial. La furibunda reacción del presidente Maduro también es irracional pero toca fondo. El no aceptar la derrota electoral que la mayoría popular ha infligido al socialismo “bolivariano” fundado por Hugo Chávez y anunciar que desde la presidencia habrá de oponerse a toda acción que tome la oposición triunfante desde la mayoría del Congreso que ha conquistado, constituye por cualquier ángulo que se le vea un flagrante ataque que el poder arbitrario asesta al funcionamiento de la democracia.

La intención del presidente Maduro es de impedir que se realice el cambio que por mandato popular hay que realizar en su país. A diferencia de los casos que se presentan en Argentina o en Brasil, aquí sí se toca fondo. Oponerse frontalmente a la voluntad popular como se propone Maduro ahonda la escisión que el socialismo “bolivariano” ha significado para el país, mantener el régimen de persecución y atropello de derechos civiles y humanos y llamar a una guerra civil.

Los episodios en nuestros tres países latinoamericanos hermanos nos afectan.

En primer lugar, el respeto a la democracia como principio y forma de gobierno es un asunto en el que nos sentimos solidarios y del que de hecho podemos derivar una fuerza mancomunada dentro de la comunidad internacional en la que como naciones libres actuamos.

La influencia de América Latina como grupo se debilita si se fracciona en regímenes de cuestionada legitimidad democrática.

La suerte de la democracia en Argentina, Brasil y Venezuela es asunto que nos interesa a todos los integrantes de nuestra creciente familia latinoamericana. México, como defensor de los valores democráticos en la comunidad latinoamericana, debe seguir participando en observaciones electorales y en asistencia técnica en organización de comicios. Su compromiso de respetar dichos en casa es lo que nos posibilita colaborar con cada uno de sus países hermanos en el cumplimiento de esos mismos fines.


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