El pasado proceso electoral de 2024 dejó una pregunta incómoda en el PAN: ¿le convenía seguir atado al PRI? Los propios dirigentes blanquiazules reconocieron meses después que la coalición con el tricolor les costó hasta la mitad de su votación potencial, pues muchos simpatizantes rechazaron la imagen de un PAN “manchado” por el viejo partido de Estado. Hoy, la misma interrogante se plantea en el bloque gobernante. Tras el rechazo en la Cámara de Diputados, el 11 de marzo de 2026, de la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum, Morena enfrenta un dilema idéntico respecto a sus aliados PT y PVEM.
La iniciativa buscaba, entre otros puntos, reducir el financiamiento a los partidos, eliminar plurinominales y recortar privilegios en el sistema electoral. Requería mayoría calificada de 334 votos. Morena aportó 259, pero la ausencia del PT y del PVEM —que votaron en contra o se abstuvieron— selló el fracaso. Fue la primera vez desde 2018 que los aliados históricos le negaron respaldo a un proyecto central del oficialismo. Sheinbaum minimizó el revés: “No es una derrota”, afirmó, y dejó en manos de Morena la decisión sobre la coalición para 2027. Dirigentes del PT y el PVEM, por su parte, defendieron su postura como defensa legítima de sus militantes y llamaron a “mirar hacia delante” para mantener la unidad electoral.
Las posturas son encontradas y alimentan la polémica. Para analistas cercanos al oficialismo, el incidente revela que PT y PVEM actúan como socios pragmáticos pero condicionales: apoyan cuando ganan cuotas de poder y se retiran cuando la propuesta afecta sus intereses particulares, como la supervivencia de plurinominales o financiamiento. Voces críticas dentro de Morena advierten que repetir la fórmula en 2027 diluiría la identidad del movimiento y expondría a la Cuarta Transformación a chantajes legislativos. Desde la oposición, el PAN y el PRI celebran la grieta como evidencia de que la “supermayoría” morenista es frágil y dependiente de partidos menores que, según ellos, solo buscan “cárteles electorales” y cuotas de poder.
Otros analistas, más estructurales, sostienen que las alianzas responden a una lógica matemática ineludible. Sin PT y PVEM, Morena perdería en estados clave y en distritos donde sus aliados aportan votos duros. Los datos de 2024 lo confirman: la coalición Sigamos Haciendo Historia amplió el margen de victoria. Sin embargo, el costo político se hace visible: la reforma fallida proyecta una imagen de desunión que erosiona la narrativa de cohesión y fortaleza que tanto cultivó Andrés Manuel López Obrador.
El paralelo con el PAN es inevitable y provoca debate. Mientras el blanquiazul optó por romper con el PRI para recuperar identidad y votantes, Morena debe decidir si sacrifica parte de su autonomía por pragmatismo electoral. Dirigentes de los tres partidos ya iniciaron conversaciones para un “plan B” legislativo y sellaron acuerdos de cara a 2027, pero el daño a la confianza está hecho. La ciudadanía observa con escepticismo: ¿priorizarán los partidos la responsabilidad ante el electorado o sus propios cálculos de poder?
En un sistema donde ninguna fuerza alcanza mayoría absoluta sola, las alianzas son inevitables, pero también riesgosas. El fracaso de marzo deja claro que la lealtad entre socios es condicional y que, en política, ninguna coalición está exenta de fracturas. La pregunta sigue abierta: ¿repetirá Morena el error que el PAN ya corrigió, o aprenderá la lección a tiempo?





























