Resulta que el diputado federal José Antonio López Ruiz, ese poblano del PT que también se vende como empresario, decidió que la tribuna de San Lázaro no es para debatir números del Paquete Económico 2027, sino para montar un altar. Allí, frente al secretario de Hacienda Edgar Amador, izó un estandarte con el rostro de la presidenta Claudia Sheinbaum como si fuera la Virgen de Guadalupe en plena procesión. “Usted es amigo de México”, le soltó al funcionario, y de paso le recordó al mundo que el nombramiento de Amador fue “la mejor decisión del país”. Qué detalle, Toño. Casi se le salen las lágrimas de la emoción.
No es la primera vez que este legislador saca el libro de cómo quedar bien con el patrón de turno. En 2021, cuando Miguel Barbosa era el mandamás en Puebla, el mismo Toño inauguró un puentecito en la colonia Arenillas y lo bautizó “San Miguel”. ¿Por qué? Porque coincidía con el cumpleaños del gobernador. No porque el santo tuviera algo que ver con el tráfico de la zona, sino porque así se forjan las lealtades: con cemento, cinta y una sonrisa de oreja a oreja. Ahora el patrón cambió de sede y de género, pero el método es el mismo. Antes puente, hoy estandarte. Mañana quién sabe, quizás una avenida “Claudia de la Esperanza” o un monumento a la “Doctora que nos guía”.
El culto a la personalidad no se fue con el sexenio anterior. Aquí sigue vivo y coleando entre los que creen que enarbolar caras es un acto de patriotismo. Mientras el país discute ingresos, gastos y proyecciones, hay quien prefiere el teatro de la adulación. Como si sacar un cartel fuera lo mismo que sacar una ley útil. Como si el aplauso a la imagen sustituyera el trabajo de a pie. Y no es que la presidenta lo haya pedido. Ella no anda pidiendo estandartes. Son los devotos los que se adelantan, los que confunden lealtad con genuflexión y creen que así se construye nación.
Toño López no inventó la fórmula. Solo la actualizó. Del “San Miguel” al “viva la presidenta en tela”, el camino es corto y está bien pavimentado. Al final, el estandarte se guarda, el puente sigue ahí y los problemas del país, esos que no caben en una imagen, siguen esperando a que alguien se ocupe de ellos en serio. Mientras tanto, la tribuna se llena de telas y de sonrisas de agradecimiento. Qué lindo el espectáculo. Qué poco aporta.



















