En el Sonidario de la Fonoteca Nacional, con una oscuridad, apenas interrumpida por un círculo de luces rojas y blancas que evocan el resplandor de los fuegos artificiales, el sonido llevó al público al paisaje de Tepoztlán, Morelos. Detonaciones, ecos que parecían rebotar entre montañas y barrancas, campanas, cantos y el murmullo de una fiesta patronal envolvieron a las y los asistentes.
Así se vivió el estreno de Ecos de pólvora, la nueva obra del artista sonoro Alejandro Tux, que estrenó hoy, sábado 18 de julio de 2026, en la sala de escucha inmersiva ubicada en el Complejo Cultural Los Pinos. Se trata de un espacio de la Casa de los Sonidos de México, equipado con un sistema de 46 altavoces que permite reconstruir espacialmente el sonido y situar al público en el centro de la experiencia.
Antes de la función, el equipo de la Fonoteca Nacional dio la bienvenida y explicó que el Sonidario emplea tecnología Ambisonics de quinto orden, capaz de reproducir el sonido en 360 grados para ofrecer una escucha similar a la que ocurre en un entorno real.
Al presentar la pieza, Tux explicó que Ecos de pólvora surgió de un archivo de grabaciones de campo construido durante varios años en Tepoztlán, municipio en el que documentó el sonido de la pirotecnia utilizada en fiestas patronales y celebraciones religiosas.
«Siempre me interesó porque la pirotecnia cumple distintas funciones: hace llamados comunitarios, anuncia las fiestas de los barrios y marca los cambios de estación. Tiene un simbolismo muy rico», explicó.
El artista señaló que uno de los aspectos que más llamó su atención fue la manera en que el sonido interactúa con la geografía del lugar: «Las detonaciones revelan una geografía acústica. Las barrancas y las cañadas absorben y rebotan el sonido de distintas formas, generando un fenómeno muy parecido al de un trueno que viaja entre los cerros».
En entrevista, el artista comentó que la obra surgió para la convocatoria Ecos Sonoros 2025, de la Fonoteca Nacional, en la cual fue elegida. «Yo tenía muchos años haciendo grabaciones de campo en Tepoztlán. Cuando apareció la convocatoria pensé que era el momento de trabajar con ese material y explorar la pirotecnia como un elemento de cohesión social, de celebración y también de memoria colectiva».
Más que reproducir una fiesta patronal, dijo, la obra invita a escuchar un fenómeno cotidiano: «Quería capturar esa sensación de riesgo que existe cuando explota un cohete, pero también representar la dimensión inmaterial de la pirotecnia, que tiene que ver con las creencias, la espiritualidad y el lenguaje de las comunidades».
El compositor destacó que adaptar la obra al Sonidario representó un nuevo proceso creativo. «Entrar a esta sala fue descubrir un sistema completamente distinto. Reinterpreté la pieza para este espacio; son los mismos sonidos, pero la experiencia cambia por completo porque ahora el sonido puede desplazarse y envolver al público».
Durante la presentación, las explosiones parecían escucharse a la distancia: cruzaban la sala de un extremo a otro, ascendían por encima de las cabezas de las y los asistentes y volvían, como un eco lejano.
Por momentos, el murmullo de la verbena, los cantos religiosos y el estruendo de los cohetes construían la sensación de recorrer las calles de Tepoztlán; en otros, el silencio que seguía a cada detonación permitía que el paisaje sonoro respirara antes de volver a estallar.
Al finalizar la función, varios asistentes permanecieron unos segundos en silencio antes de levantarse de sus asientos.
«Nunca había pensado que los cohetes pudieran escucharse de esta manera. Cerré los ojos y sentí como si estuviera caminando entre los cerros», comentó María Fernanda Gómez, quien asistió por primera vez al Sonidario.
Para Jorge Ramírez, la experiencia permitió descubrir detalles que en otras condiciones pasan desapercibidos. «Estamos acostumbrados a escuchar la pirotecnia como ruido, pero aquí entendí cómo el paisaje también tiene sus propios sonidos».
Por su parte, Ana Lucía Hernández, visitante de Los Pinos, destacó el carácter inmersivo de la sala. «Hubo momentos en los que olvidé que estaba sentada. Sentía que el sonido se movía alrededor de nosotros y que uno flotaba dentro de la celebración».
Ecos de pólvora forma parte de las diez obras seleccionadas en la convocatoria Entornos Sonoros 2025, impulsada por la Secretaría de Cultura del Gobierno de México a través de la Fonoteca Nacional para fomentar la creación de piezas de audio multicanal.
A partir del archivo sonoro registrado por Alejandro Tux en Tepoztlán, la composición propone una nueva forma de escuchar la pirotecnia ritual, no como una sucesión de explosiones, sino como un lenguaje que anuncia, convoca y da forma a la memoria colectiva de las comunidades.
La obra se aprecia en el Sonidario de la Fonoteca Nacional, ubicado en el Complejo Cultural Los Pinos (Molino del Rey 252, Primera Sección del Bosque de Chapultepec, Ciudad de México).
Las funciones regulares se realizan los sábados y domingos, a partir del 19 de julio de 2026 cada media hora, a partir de las 12:30 y hasta las 15 h; los viernes, cada hora, de las 12 a las 16 h, la entrada es gratuita y el acceso está sujeto al cupo disponible de la sala.









