Devotos, elecciones y otros políticos non sanctos: Miedo en las calles de Culiacán

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Bien dijo el director del diario Noroeste, Adrián López, y no hay que darle muchas vueltas: los que andan pidiendo a gritos que los sinaloenses salgan a “manifestarse” contra el regreso de Rubén Rocha Moya se van a quedar con las ganas. Y no porque la gente esté contenta, ni porque de repente se haya vuelto fan del gobernador que pidió licencia, se fue un rato y ahora regresa como si nada hubiera pasado. No. El dato que soltó López en su cuenta de X es de esos que duelen porque son verdaderos: “Ayer en Noroeste intentamos preguntarle a la gente del centro de Culiacán qué opinaba de su regreso: les dio miedo responder ante la cámara”.

Ahí está el meollo del asunto. No es que en el centro de Culiacán todo mundo esté de fiesta porque volvió el mandamás. Es que el miedo sigue más vivo que nunca. Después de meses de balaceras, de niños asesinados, de familias rotas y de una guerra entre grupos que se pelean el territorio como si fuera un solar abandonado, la gente aprendió a callarse. Mejor no hablar, mejor no salir en video, mejor no decir ni “sí” ni “no”, porque uno nunca sabe quién está viendo o quién se puede ofender.

Rocha regresa “con la frente limpia”, según él, después de que la Fiscalía General de la República no encontró “mínimos elementos de prueba”. Estados Unidos lo señaló, él se separó del cargo, se investigó (o se hizo como que se investigaba) y ahora vuelve. Mientras tanto, en las calles de Culiacán la gente sigue caminando con un ojo en la espalda y la boca cerrada. Que si hay que salir a gritar “fuera Rocha”, mejor ni se asomen, porque el miedo no se va con un discurso ni con un tweet.

Es el clásico de siempre en estas tierras: el poder regresa, el miedo se queda y la gente común paga el precio de callar. Mientras unos piden manifestaciones desde la comodidad de sus cuentas y otros celebran el regreso como si fuera una victoria personal, el culiacanense de a pie prefiere no dar la cara. Y no por falta de coraje, sino porque ya le tocó ver lo que pasa cuando uno se asoma demasiado.

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Así de simple y así de triste. El director de Noroeste no inventó nada: solo puso el dedo en la llaga. Y la llaga sigue abierta.

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