Mire usted qué coincidencia tan redonda. Apenas dos días después de rendir su Informe de Gobierno, con todo y discurso de logros y compromiso con el pueblo, la gobernadora de Campeche, Layda Sansores, se subió a un avión en primera clase rumbo a Madrid. Iba acompañada de su hermana Laura, la del DIF estatal, y a vísperas de su cumpleaños. Mientras tanto, en las calles de la capital española aparecieron carteles que no dejan lugar a dudas: “Su estado está en crisis financiera, mientras ella vacaciona… México no olvida”.
La misma gobernadora que en meses pasados se quejó de que en Campeche no alcanza ni para pagar la luz, que habló de liquidez cero y de la “fórmula maldita” de los recortes, ahora aparece en la sección premier de un vuelo comercial, con asientos que se convierten en cama y servicio de primera. Y no es la primera vez que el cumpleaños coincide con un viaje a Europa. El año pasado fue Ámsterdam; este, Madrid. Como si el calendario personal mandara más que el estado de las finanzas públicas.
En las encuestas de evaluación de gobernadores, Sansores aparece de manera recurrente entre las peor calificadas. No es un dato aislado ni un capricho de encuestadoras: es el reflejo de una percepción ciudadana que ve crisis, enfrentamientos políticos internos y una narrativa de austeridad que se queda en el discurso cuando llega la hora de hacer maletas.
El contraste es tan evidente que hasta en Madrid lo notaron. Mientras en Campeche se discute deuda, falta de recursos y parálisis posible de oficinas, la mandataria se da una vuelta por la Madre Patria en plan de descanso. ¿Recursos propios? Se dice que sí. ¿Derecho a vacacionar? Claro que lo tiene. Pero cuando uno predica austeridad republicana y se queja de que no hay para la luz, el vuelo en primera clase y el paseo europeo se leen de otra manera. Se leen como el famoso “haz lo que digo, no lo que hago”.
Campeche no está para lujos de gobernante. Y el pueblo, que paga la luz aunque le cueste, se da cuenta. Los carteles en Madrid solo confirman lo que muchos ya murmuran aquí: la austeridad, cuando conviene, se queda en el discurso. Cuando no, se sube a primera clase y se va a celebrar el cumpleaños lejos de la crisis.










