Devotos, elecciones y otros políticos non sanctos: Batres, la eterna víctima

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Ahí va otra vez Lenia Batres, la ministra del acordeón, montada en su caballo favorito: el de la eterna víctima. En plena sesión del Pleno, después de que le tumbaron un proyecto, soltó que veía una “animadversión insana” de sus compañeros. No era, según ella, por el criterio jurídico. No. Debía ser venganza por el oficinazo que mandó al Órgano de Administración Judicial criticando el presupuesto de la Corte: más de seis mil millones de pesos, un 17 por ciento de aumento y la restitución del seguro de gastos médicos mayores. Austeridad republicana para todos… menos cuando le toca a los de la toga, parece.

Sus colegas no se tragaron el cuento. Yasmín Esquivel le plantó que las críticas eran al proyecto, no a su persona, y que se pusieran serios. Otros ministros defendieron que el debate fue técnico y jurídico. Nada de ataques personales. Pero Batres, como buena practicante del drama, retiró el asunto y se fue a redes a colgar el oficio, para que quede claro quién es la incomprendida.

Lo de siempre. Desde que llegó con el aval del acordeón se ha sentido rodeada de enemigos. Cualquier discrepancia se convierte en animadversión, cualquier voto en contra en complot. Y ahora que se acerca 2027 y le toca, en teoría, la presidencia de la Corte por haber quedado en segundo lugar en la elección, anda que echa chispas. Resulta que hay una contradicción de esas que solo salen cuando se legisla a lo loco: un artículo de la Constitución dice que la presidencia rota cada dos años según los votos populares, y otro, que no se tocaron, sigue hablando de elección interna por cuatro años. Algunos ministros, según las versiones que corren, están listos para aprovechar el hueco y hacer la votación del Pleno. Batres, claro, se pone como chile en vinagre.

Qué ironía. La que llegó gritando transformación y austeridad ahora descubre que el poder también muerde cuando no se acomoda a sus planes. Mientras tanto, la Corte sigue con sus jaloneos, el presupuesto sube y la ministra del pueblo se consuela en el papel que mejor le queda: el de perseguida. Porque si no hay animadversión, ¿de qué se queja uno?

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