Resulta que la popularidad de la presidenta Claudia Sheinbaum se le está bajando más rápido que el abasto de medicinas en el Seguro Social. Según los números que analizó Roy Campos, de Consulta Mitofsky, en un año se le cayó la aprobación del 72 al 61 por ciento. Once puntos de golpe. No es que la gente se haya vuelto de la oposición de la noche a la mañana; es que el bolsillo y la salud siguen siendo los que mandan en la casa.
Las protestas de los trabajadores del IMSS han puesto el dedo en la llaga: falta de medicamentos, de personal y de insumos básicos. Millones de derechohabientes que llegan a las clínicas y se encuentran con el “no hay” de siempre. Y mientras tanto, desde Palacio Nacional se insiste en que no hay desabasto generalizado, que son problemas de proveedores o de distribución, y que las manifestaciones no son para tanto. Se minimiza la protesta como si fuera un malentendido de unos cuantos descontentos, cuando las calles de varias ciudades se llenaron de batas blancas y consignas que nadie quiere oír: “camas llenas, farmacias vacías” y “no te vayas a enfermar porque no hay material”.
Hay que reconocer que Sheinbaum ha dicho que hay demandas legítimas y que instruyó a Zoé Robledo a presentar un plan. Pero entre reconocer el problema y resolverlo hay un trecho más largo que la fila para una consulta de especialidad. Negar sistemáticamente lo que la gente vive en carne propia no es estrategia de comunicación: es apostar a que la memoria colectiva sea corta. Y en México, cuando se trata de la salud, la memoria es de elefante.
El desgaste no viene solo de los números de Mitofsky. Viene de la señora que llega por su insulina y se va con la receta en la mano y el coraje en la garganta. Viene del médico que atiende a veinte pacientes con material para diez. Viene de la sensación de que el discurso oficial y la realidad de las clínicas andan por caminos distintos.
Once puntos en un año no son una catástrofe todavía, pero sí son una señal de que el capital político se gasta más rápido cuando se niega lo evidente. La presidenta tiene margen, claro. Pero el IMSS no es un tema menor: es el termómetro de cómo se siente la gente cuando más lo necesita. Y por ahora, ese termómetro está marcando fiebre.



















