La presidenta Claudia Sheinbaum se lució esta semana en la mañanera. Un propagandista de los de siempre le puso el audio de Vicente Fox hablando de cómo “hizo que ganara Calderón” en 2006, y ella no desaprovechó la oportunidad. Empezó a contar, con tono de maestra de historia y de víctima eterna, las trabas que el panismo le puso a López Obrador para que no fuera candidato. Llegó al desafuero y soltó la frase de cajón: “El desafuero lo hacen… López Obrador dice métanme a la cárcel, no tengo problema, y es el propio PAN que paga la fianza…”
Bonita versión. Solo que se le olvidó un detallito de esos que duelen. La fianza de dos mil pesos la pagó, junto con otro diputado, la entonces panista Gabriela Cuevas. Sí, la misma que hoy colabora en su gobierno. La que en 2005 dijo que pagaba para que el tabasqueño no se hiciera el mártir y enfrentara el juicio en libertad. Ahora resulta que “el PAN” pagó, como si fuera una caja chica del partido y no una decisión personal de quien hoy anda de un lado para el otro sin que nadie le reclame la incongruencia.
Y mientras tanto, por ahí anda Manuel Espino, el que era presidente del PAN justo en esa época, hoy diputado federal de Morena. El mismo partido que en su momento lo señaló de todo y ahora lo abraza como si nada. La congruencia, esa cosa rara que algunos todavía buscan en la política, parece que a la presidenta le importa un comino cuando se trata de acomodar a los que sirvieron en su momento o a los que ahora son útiles.
Sheinbaum cuenta la historia desde su perspectiva conveniente, claro. Omite nombres, suaviza detalles y convierte un episodio lleno de cálculos políticos de todos los bandos en un cuento de buenos y malos. Fox queda como el villano de siempre, el desafuero como persecución pura y la fianza como un acto de arrepentimiento colectivo del panismo. Qué cómodo. Qué selectivo.
La política mexicana siempre ha sido un circo de reciclajes. Los que ayer se agarraban a dentelladas hoy se sientan en la misma mesa y se llaman compañeros de lucha. Cuevas pagó para que AMLO no fuera a la cárcel y no se victimizara; años después se cambió de chaqueta. Espino dirigió el partido que impulsó el desafuero y ahora legisla con el guinda. Y la presidenta, que tanto habla de principios y de no ser iguales, se hace de la vista gorda cuando le conviene.
Uno entiende que en política hay que sumar. Pero de ahí a reescribir la historia a modo y olvidar quién puso los dos mil pesos… pues ya es de no creerse. La memoria selectiva es el deporte favorito de estos tiempos. Y mientras la presidenta sigue contando el cuento a su manera, los que tienen memoria larga solo se ríen por lo bajo y anotan otro capítulo más de esta telenovela sin fin.



















