Pues ya vieron cómo se pone la cosa cuando a la consejera presidenta del INE le empiezan a llover las investigaciones periodísticas. Guadalupe Taddei, en vez de decir “a ver, déjenme aclarar esto de una vez”, se agarró a la vieja confiable: “me están atacando para desacreditar al Instituto y sacar raja política”. Y de renunciar, ni hablar. Rechazó la idea de plano. Como si el problema fuera la crítica y no lo que se está destapando.
Pero mire usted la lista, que ya no es de dos o tres cositas sueltas. Ya son dos videos en los que se le ve festejando con proveedores. Uno de fiestas patrias y otro de cumpleaños, donde aparece bien a gusto con José Alfredo Hernández Casillas, de Cajas Graf y Corporativo Zeg, empresas que han ganado contratos millonarios y que la UIF tiene en la mira por presunta triangulación y factureras. El chofer, Jonathan Navarrete Torres, resultó apoderado legal de una de esas compañías desde 2023 y cobraba más de 45 mil pesos mensuales en la nómina del Instituto “para transportarla de manera segura y eficiente”. Taddei dice que jamás fue su chofer personal, que solo estaba adscrito a la Presidencia… y que ya no labora aquí. Qué conveniente.
A eso súmele despidos injustificados, trabajadores que denuncian acoso, casos de nepotismo documentados y esa sensación general de que la casa no se está limpiando. Cuando el árbitro electoral genera más desconfianza que certeza, el problema no es de “ataques mediáticos”. Es de credibilidad. Y la credibilidad no se recupera gritando que todos los críticos son malos y que el Instituto está bajo asedio. Se recupera con transparencia real, no con un portal de última hora ni pidiendo a la Auditoría Superior que revise lo que ya debieron haber revisado desde adentro.
Muchos han pedido que se haga a un lado para que se investigue sin sospechas de interferencia. No es pedir la cabeza de nadie por gusto; es pedir que el organismo que organiza las elecciones no se vea como un club de amigos, proveedores y asistentes con sueldos de lujo. Taddei prefiere atrincherarse. Muy bien. Pero mientras más se aferra, más se nota que el olor a quemado no viene de afuera.
El INE no es de ella. Es de todos. Y cuando la presidenta se convierte en el centro de la polémica en lugar de la solución, el daño ya está hecho. Que investiguen a fondo. Sin protectores ni discursos de victimización. Porque de tanto echarle la culpa a los críticos, se le está olvidando que el primero que debe cuidar la casa es quien la administra.



















